Vacas, Leones y Petit-suisse (2a parte) (Mamiferos y coles de Bruselas)

colesVacas, Leones y Petit-Suisse (2a Parte) (Mamíferos y coles de Bruselas)

 

Somos mamíferos. Desde hace 50-60 millones de años, los mamíferos comienzan su vida alimentándose “a voluntad”, de las glándulas mamarias de la hembra, que a su vez, ajustan su producción a la intensidad de la extracción. La eficaz regulación de todo el sistema depende de la precisión con que dicha “voluntad” se ajusta a las necesidades de la cría.

Como todos los mecanismos elementales de supervivencia, el centro del control de esta voluntad (apetito), asienta en una zona profunda del cerebro (hipotálamo), desde donde se regulan también otras necesidades esenciales como  la sed, el metabolismo o el crecimiento.

Cuanto mas profunda está una función en el cerebro, es mas “primitiva” y menos vulnerable a perturbaciones. Por lo que se deduce que el apetito en general es una función automática, innata,  perfectamente regulada y bastante invulnerable.

Dicho sistema de control utiliza señales de varios sistemas corporales, y su finalidad última es obtener material orgánico que provea al cuerpo de Energía.  Cuando se detecta un déficit de energía, se inician una cadena de sensaciones (apetito/hambre) y conductas de búsqueda, destinadas a corregir ese déficit. Cuando se corrige, se apagan las sensaciones y las conductas se desactivan(saciedad).

En un ser humano en crecimiento, los requerimientos de energía provienen de:

 Necesidades Basales: Lo que necesita el organismo para funcionar en forma basal en condiciones ambientales neutras.

Actividad Física y Termorregulación: Los aportes necesarios para el consumo de la actividad muscular extra-basal, y para mantener la temperatura adecuada en un ambiente no neutro (muy frío o caliente).

Crecimiento: La energía necesaria para la construcción de nuevos tejidos, y la reparación de los dañados.

Los dos primeros son proporcionales al tamaño del cuerpo (masa corporal), pero la energía para el crecimiento depende del aumento de tamaño. O sea, no lo grande que se sea sino lo mucho que se crezca en un período.

Durante la evolución, nuestra conducta alimentaria se ha adaptado a buscar y comer alimentos persiguiendo ciertas características :

1- Su sabor, color y olor, que hagan poco probable que sean tóxicos.

2- Su composición es tal, que una vez que saciamos nuestra necesidad de energía, quedan cubiertos todos los  requerimientos que nuestro organismo no puede fabricar por sí solo (Aminoácidos y Acidos grasos esenciales, minerales y oligoelementos, etc.).  [1]

Todos estos aspectos son cubiertos por la leche materna durante la fase inicial del crecimiento, mas luego, cada grupo humano hubo de adaptar la satisfacción de sus necesidades a las sustancias susceptibles de servir como alimento, y  disponibles en su área en particular.

Este proceso de aprendizaje por “ensayo y error”,  configura la “cultura alimentaria”   de cada tiempo, lugar y circunstancia del desarrollo humano, y se fundamenta al mismo tiempo en nuestra inteligencia y nuestra adaptabilidad a nuevos entornos.

De ahí la ventaja de nuestra aptitud de “detección de densidad calórica” descrito en la parte previa, y también, que salvo necesidad imperiosa, el ser humano tiende  a rechazar sabores diferentes a los conocidos o preferidos (denso, dulce, salado), en particular los asociados con potencial toxicidad, como el “amargo”. (Neofobia)

El problema es que al escasear los alimentos “fáciles”, no hubo mas remedio que explorar los “riesgosos”.  O sea alimentos de “mal” olor o sabor sospechoso.

Todos los vegetales contienen sustancias químicas, tanto para su metabolismo como para “comunicarse” con su entorno (flavonoides, terpenos, fenoles).  Algunas evolucionaron como repelentes tóxicos de insectos.

Nuestro organismo puede sacar partido de ellas, en gran parte porque nuestro hígado se encarga de neutralizarlas, y casualmente  resulta que algunas de  sus propiedades  resultan beneficiosas para nuestra salud (p.ej. antioxidantes). Pero su sabor puede resultar una barrera muy tenaz para algunas personas. (Las coles de Bruselas por ejemplo).

Se ha demostrado que cuando los bebés rechazan un alimento por desconocer o repeler su sabor, la exposición repetida al mismo, produce un proceso de aceptación  gradual, con la incorporación final al espectro de sabores aceptados.

Este proceso de adaptación es relativamente breve  y sencillo durante el primer año de vida, pero a medida que los hábitos alimentarios se estructuran, y la personalidad va individualizándose,  se hace mas dificultoso.  Sumado al hecho del fuerte modelado voluntario o involuntario,  que ejercen sobre el niño  las preferencias alimentarias de los padres. Y como siempre todo condicionado por el “estilo” ya “fácil”, ya “tenaz” del niño en cuestión.

Volviendo a las necesidades calóricas, las determinadas por el crecimiento, pueden representar hasta un 30% del total. Pero el crecimiento no es constante, va a “empujones” de algunas semanas cada vez.

Es fácil comprender entonces que no es posible suponer una estimación de las necesidades calóricas que sea “constante y regular”, porque éstas por definición son irregulares.

¿Y cómo conocerlas entonces?  No es necesario. El apetito del niño es absolutamente fiable y autónomo para satisfacerlas, y todas nuestras estimaciones y especulaciones al respecto, sobrarán.

Evidentemente no todos los niños tienen el mismo aspecto (ni todos los adultos). A unos les toca ser mas grandes y a otros mas pequeños, a unos mas robustos y a otros mas delgados. Eso esta determinado genéticamente, y si uno quiere saber si un niño es como debe, mejor que mirar una revista es  mirar el álbum familiar. Seguramente su padre o su madre serían parecidos por (demasiado) delgados o pequeños.

El intentar controlar la cantidad de comida del niño hasta el año de vida suele ser imposible, salvo que uno lo haga muy mal en algún sentido. En esa época, los bebés suelen ser “regulares” para comer,  lo que “tranquiliza” a la familia.

Pero en el segundo año de vida, hay un cambio en el estilo de crecimiento del niño,  con menor velocidad y menor porcentaje de grasa corporal (mas delgados). Y también lo hay en el estilo de alimentarse: lo hace mas irregular y menos predeciblemente. Como si por momentos, hubiera dejado de interesarse en la comida, y necesitara que nosotros nos encargáramos de su apetito (¡no es así!).

Ésto puede ir asociado con un sentimiento de frustración y fracaso de los cuidadores, (no “me come”), o con un sentimiento de alarma y compasión por su  aparente vulnerabilidad (“pobrecito”). (De esto comentaré algo en el futuro)

A veces, esta situación se anquilosa y estructura, volviéndose alarmante o penosa  en algunas familias.

Se trata entonces de que se ha intentado  tomar control externo de procesos que no lo requieren (apetito alienado o enajenado).

Un ejemplo curioso muy conocido por los veterinarios, puede servir de ilustración. Un perro, no importa la raza, dejado en un ámbito libre donde disponga de alimento a voluntad, se desarrollará con un peso corporal normal. Pero será muy probablemente obeso, si está  al cuidado de un ser humano obeso.

 

Como resumen mis recomendaciones son:

 

– Introducir alimentos muy variados todo lo precozmente que se pueda.

– Seguir ofreciéndolos periódicamente no importa el “éxito” o aceptación que tengan.

– Evitar centrarse en las propias preferencias.

– El apetito del niño es naturalmente irregular, no hace falta hacer “cálculos” o estimaciones.

– Los niños pequeños comen menos que los grandes.

– La nutrición no se evalúa por la cantidad de comida sino por el crecimiento.

– Mi abuela decía: “toma mucha sopa para hacerte grande”. No tenía razón, me tendría que haber dicho “hazte grande para tomar mucha sopa”.

– La falta de apetito periódica es normal, en cualquier caso es como mucho un síntoma, nunca una enfermedad o condición por sí misma. (niño que sea por naturaleza  “mal comiente” o “inapetente”)

– Los padres jamás deben intentar controlar la cantidad de alimento que toma el niño (aunque la conozcan). Eso depende del apetito del niño que es autónomo y eficiente.

– Los niños jamás deben controlar o decidir la composición de ningún alimento.

– El apetito es de calorías,  (y la sed, de agua).  Si es selectivo o preferencial significa que es insuficiente para ese momento.

– Sin apetito no hay porqué comer. Si se espera unas horas, lo único que sucede es que el apetito aumenta y se hace menos selectivo.

– Comer “bien” es comer lo que  necesita el cuerpo en cada momento, no es  comer mucho.

–  El apetito no tiene nada que ver con la disciplina. Nunca animar, recompensar ni castigar determinada conducta alimentaria del niño.

Carlos Loeda

Si lo cree de interés ⇒   Me gusta/Like en Facebook   ⇒  🙂

[1] Se desconoce si en el ser humano existe un apetito específico para la sal, como en los herbívoro,s cuyas migraciones masivas estan condicionadas por ella. Pero con el  nivel de  abundancia en que disponemos de la misma su importancia es  irrelevante.