Soledad, Solos y Solitarios

PrincipSerpientSoledad: En Castellano esta palabra tiene dos matices bastante diferentes de acuerdo al contexto y a las circunstancias. Por un lado describe un estado físico de separación, aislamiento o distancia con otros seres humanos. Y por otra parte hace referencia a un sentimiento negativo relacionado con la percepción real o imaginada de estar solo (algo así como “estar solo” y “sentirse solo”).

En inglés, estos matices del lenguaje son más fáciles de apreciar porque existen términos más específicos para describir estas condiciones:  Lonely (solitario) y Loneliness (soledad), va asociado con el sentimiento negativo de tristeza, depresión o distanciamiento forzado de los otros.

Solitude: Hace referencia a la soledad como experiencia, a veces elegida, y con frecuencia aprovechada positivamente para la reflexión y el crecimiento.

Withdrawal: La soledad producto del retiro o el alejamiento.

Por tanto, hilando fino, la soledad puede ser una situación física o un estado espiritual, puede acompañarse de emociones positivas o negativas, puede resultar estimulante o depresiva y tal vez lo más importante, puede ser una condición elegida voluntariamente, una reacción protectora o sobrevenir y ser resultado de las circunstancias combinadas con los rasgos personales.

Más aún, hacia 1960 Winnicott [1]llegó a postular que la “capacidad para estar solo” constituye un hito evolutivo fundamental, y consideró a la soledad en la infancia como una “posesión muy preciada”, y otros autores hablan de la “soledad activa” como el uso constructivo del tiempo y una preparación para la intimidad, “talento para la soledad” como contrapartida de “talentos sociales”, “experiencia curativa” en algunos problemas emocionales, “renovación emocional” o “retiro estratégico” de la vida social.

Siendo el ser humano parte de una especie fundamentalmente social, uno de los aspectos críticos del desarrollo, es la adquisición de aptitudes de interacción, entre las que se incluyen la comunicación en general, y el lenguaje en particular, las diversas formas de juego, los intercambios, la adquisición de roles familiares y grupales, la modulación de la agresividad, la empatía y la capacidad de interpretar o predecir las emociones e intenciones de los interlocutores (teoría de la mente).

Por tanto, aparte de los rasgos y peculiaridades individuales en el “estilo” y habilidad de cada uno para dominar estas habilidades, en los primeros años de vida se entiende que todos los niños tengan un enorme entusiasmo y necesidad por establecer y perfeccionar las herramientas de comunicación social con el entorno.

Esta necesidad  puede expresarse incluso a falta de un ámbito,  aptitudes  o  circunstancias que lo faciliten. (Tal el caso de los “amigos imaginarios”).

Siendo esto cierto, ya en los primeros dos o tres años, se advierten diferencias entre niños constitucionalmente “sociables”, que más se animan cuanto más rico en estímulos sociales sea su entorno, se interesan por caras nuevas y por ámbitos humanos desconocidos. Y otros más parsimoniosos o inhibidos a la hora de interactuar, a los que se ve relativamente más cómodos relacionándose controladamente con pocas personas y conocidas, se extasían en la exploración de objetos complejos, y se inhiben o retiran frente a ambientes “invasivos”, rodeados de muchas personas desconocidas, inquisitivas o ruidosas.

En nuestras sociedades urbanas hiper-comunicadas se enfatiza y se ejerce la interacción humana permanente, directa (o indirecta y mediada por “gadgets”), por lo que la reflexión y el soliloquio han perdido relevancia, y consecuentemente se ha ido desestimando especular sobre los aspectos positivos de la soledad como experiencia humana.  Una posible explicación es el rechazo por la naturaleza dolorosa de la soledad no deseada, sobrevenida y emocionalmente negativa. Tanto que en algunos contextos culturales la búsqueda o el disfrute de la soledad es considerado mayormente como un estado anómalo, patológico o amenazador.

La mayoría de los niños de 7 años son capaces de definir la privacidad, esto es controlar acceso a informaciones personales y estar solo, a los 9 son capaces de decidir estar solos cuando lo desean, y estar solos y “no ser molestados” hacia los 11 años.

Los niños son capaces de señalar una serie de ventajas para la soledad: paz, quietud y relajación, reducir la ansiedad, la tensión y el enfado; reflexionar, resolver problemas, planear por adelantado, ensoñar situaciones, auto-control y desarrollo de destrezas, privacidad/secretismo, libertad para criticar, actividades individuales y concentración. [2]

Entre los adolescentes, la soledad puede aprovecharse para “dejar flotar los pensamientos” (ej. Fantasías, ensoñaciones, soliloquios, revisar el pasado o el futuro, etc.), en vez de o coincidiendo con varias formas de entretenimientos pasivos como mirar TV, escuchar música, leer, acicalarse, etc.,

En general, a medida que los adolescentes presentan una identidad más consolidada y mejor ajuste social, pueden ver retrospectivamente el tiempo de soledad como una oportunidad para hacer cosas, ser constructivo, reflexionar y pensar.

Todo esto, claro está, se refiere a períodos de soledad elegidos y voluntarios intercalados con una vida social más o menos satisfactoria.

Pero, durante la pre-adolescencia, estar solos prolongadamente también se correlaciona con patrones emocionales menos positivos. Cuando es así, pueden sentirse más aislados y hostiles, menos contentos y alerta, más débiles y más pasivos, particularmente en circunstancias predisponentes, como durante los Viernes y las noches de Sábado.

La soledad puede ser durante la infancia una experiencia dolorosa con aspectos emocionales, cognitivos y contextuales (relacionados con las circunstancias).[3]

Paradójicamente, este tono emocional negativo puede coincidir con una llamativa lucidez, mejores aptitudes cognitivas y capacidad de concentración, la llamada Paradoja de la Soledad. En algunas circunstancias esta “ventaja” puede resultar aprovechable.

Por ello, si la soledad resulta de un deseo reactivo o protector de estar solo, aunque sea emocionalmente pesarosa puede producir tanto “ganancias” emocionales espurias (sentimientos de auto-compasión), como ventajas “racionales” que desanimen la búsqueda de alternativas. (“Efecto Misantrópico”).

Los adultos suelen guardar recuerdos emocionados de las vivencias de soledad durante la infancia o la adolescencia.  Ello puede exacerbar la sensibilidad para detectar los que identifican como signos de timidez, una sociabilidad inhibida o menos hábil en sus hijos, y suponer en ello un menoscabo que no siempre se corresponde con su propia percepción.

Inicialmente hay que entender que, como cualquier otra aptitud, habilidad o característica, los rasgos de sociabilidad están determinados en gran medida por características innatas de nuestro cerebro, que condicionan nuestro temperamento básico, el ritmo evolutivo en que vamos desarrollando nuestra adaptación a las nuevas exigencias sociales, y la tolerancia a las dificultades y desafíos que dicha adaptación impone.

Como resultado cada niño tiene su “estilo”, su “ritmo”, su “nivel de tolerancia”, y como resultado sus preferencias, que son peculiares y personales. Como todas las variables de una población humana estarán distribuidas de forma homogénea, y algunas de estas combinaciones pueden resultar disfuncionales en determinados ámbitos, o ser calificadas paladinamente de patológicos.

Sin llegar a tanto, cuando los padres se encuentran inquietos con estos rasgos pueden considerar ventajoso (porque lo creen o porque se lo aconsejan así), el poner en marcha iniciativas destinadas supuestamente a “mejorar” la sociabilidad del niño o la niña.

A veces la alarma proviene del ámbito escolar, porque el niño “no se integra” o “no tiene muchos amigos”.

Lo más prudente para juzgar estas situaciones es utilizar los sentimientos del niño como la medida de las cosas. En general, como “sentimientos del niño” entiendo lo que se percibe externamente como estado de ánimo, humor, actividad o interés vital, y no necesariamente lo que el niño expresa cuando se lo preguntamos directamente (“…estoy aburrido…”).

Hay niños y niñas perfectamente normales y felices, que funcionan socialmente con un par de relaciones personales, y se desentienden o se muestran incómodos en actividades o situaciones en que tengan que interactuar masivamente.

Lo que en realidad puede producir más sentimientos de inadecuación en el niño es que los adultos insistan en que sus preferencias “no son normales”, o que debe modificarlas.

En mi opinión, el resultado de estas iniciativas estriba en el espíritu que las anima, y las expectativas que se puedan generar.

Si se intuye a los niños deseosos de una interacción social para la que no están maduros o predispuestos, es adecuado intentar exponerlos a experiencias donde sea preceptivo utilizar y eventualmente desarrollar recursos para ello, como integrarse en actividades deportivas o sociales (scouts, excursionismo).

En la medida que dicha integración sea más o menos “obligatoria” durante un período suficiente como para soslayar la reticencia inicial, es probable que la experiencia termine resultando una “cabeza de puente” para apuntalar habilidades sociales futuras.

Lo que no tiene objeto alguno es intentar inducirlos a cambiar, sometiéndolos a exhortaciones repetidas e insistentes sobre   su estilo de conducta o su tendencia a permanecer solo o en pequeños grupos.

En cualquier caso, recordar que el “estilo” personal probablemente persistirá a lo largo de toda la vida, y se integrará más o menos armoniosamente con las características individuales, y también reconocer probablemente en dicho estilo, el de alguno de nosotros o de nuestros seres queridos más cercanos.

 

Carlos Loeda

[1] Winnicott, D.W. (1958). The Capacity to be Alone. Int. J. Psycho-Anal., 39:416-420

[2] Galanaki, E. P. Solitude in Children and Adolescents: A Review of the Research Literature. Psychology and Education: An Interdisciplinary Journal. Special Issue: Loneliness and Solitude in Children and Adolescents, 2013, 50(3-4), 79-88

[3] Galanaki, E. P.  Children’s Perceptions of Loneliness, Hellenic Journal of Psychology, Vol 5 (2008) 258-280.