Seguridad de cuento

Seguridad de cuento

 

Durante muchos siglos, la Humanidad ha utilizado los relatos para transmitir historias y tradiciones entre personas sencillas. Tambien era una forma eficaz de enseñar a los niños y jóvenes  lecciones morales o prevenirlos de riesgos.

Esto hacía necesario que estos relatos “infantiles”, destinados a advertirles sobre un mundo peligroso y desconocido, fueran notablemente crudos y realistas para nuestra concepción actual de la educación. Por ejemplo, las recopilaciones de cuentos alemanes de los Hermanos Grimm, debieron ser expurgadas repetidamente desde sus primeras versiones, para ajustarse al gusto del mundo europeo moderno.

Luego, y desgraciadamente en mi opinión, estas historias “sufrieron” la reinterpretación culta en clave psicoanalítica o política,  que convirtió hermosas obras de arte en una recopilación arbitraria de intenciones perversas de toda laya.

Lo cierto es que las versiones cada vez mas “blanqueadas” solo les resultan atractivas a niños cada vez mas pequeños, olvidando el poder educativo que tienen las historias poderosas y dramáticas, papel que les hemos dejado a pseudo-tradiciones sobre vampiros, magos, orcos y enanos.

Por otra parte y comprensiblemente, los padres se preocupan por la exposición de sus hijos a una realidad torva, a través de los medios de comunicación y las noticias, y por la necesidad creciente de protegerlos de personas inescrupulosas o de conducta perturbada.

Soy al respecto partidario de un recurso que entiendo muy útil. Es posible recuperar el valor pedagógico de un relato de ficción, hecho a medida de  las necesidades de nuestros hijos como forma de introducirlos a los aspectos menos presentables de la naturaleza humana  y social, pero cuyo desconocimiento los pone en riesgo.

El primer uso que aprendí a darle a este recurso fue en un ámbito menos proceloso. Cuando una familia acudía a mí, habiendo adoptado un niño pequeño, surgía entonces una duda (que afortunadamente nadie se plantea ya, o al menos eso creo), de si era pertinente revelarle al niño sus orígenes, o mantenerlos en secreto, hasta tanto se decidiera tal cosa en el futuro.

Obviamente mi recomendación era la primera, pero además, sugería a los padres, que fueran urdiendo un relato al respecto, donde se contara de forma graciosa y feliz el hecho de la adopción. Dicho relato debía ajustarse gradualmente, al desarrollo intelectual del niño, para permitirle con el tiempo,  participar en el mismo como protagonista y relator a su vez.

Con los años, he podido experimentar la situación con muchas familias, y es notable la forma armoniosa en que la “leyenda” les ayuda a todos a comprender y valorar su papel.

A medida que los niños se socializan, comienzan a interactuar  progresivamente con mas personas de distinta edad y naturaleza.

Esas interacciones son de sí educativas, pero puede ocurrir que ciertas circunstancias o personas les planteen decisiones o actitudes, para las que no tengan una respuesta adecuada, lo que les pone en riesgo de asumir sin mas las propuestas que les hagan.

Cabe recordar que la mayor parte de las interacciones sociales enojosas o riesgosas a las que se puede enfrentar un niño o niña, se producen con personas conocidas o familiares , por lo no es ventajoso ni conveniente suscitar como única medida de protección,  el temor inespecífico a lo (o a el) desconocido.

Podemos aprovechar entonces, a partir de los cuatro o cinco años, el interés que tienen los niños en los relatos imaginarios, para crearlos e introducirlos como parte de su educación.

El asunto consiste en contar una historia, donde el protagonista principal sea un niño o una niña de edad y circunstancias análogas a las de nuestro hijo, pero con otro nombre y aspecto.

Construir el personaje con detalles a los que él pueda colaborar, para comprometerlo y animarlo a intervenir. Luego plantear la situación supuesta mas o menos elaborada, con un  guión que toque aquellos asuntos, para  cuyo manejo deseamos que nuestros hijos  tengan preparadas respuestas adecuadas y protectoras.

Una vez planteada la escena, y abocados a una decisión crítica, consultar a nuestro hijo sobre qué respuesta o conducta cree él/ella que debiera tener el personaje (que obviamente le representa).

Si la respuesta es la deseada y protectora, desarrollar el desenlace de la historia de forma feliz y positiva. Si la respuesta es inadecuada o expuesta, explicar de forma tranquila, las inconveniencias que puede arrostrar el personaje de actuar así, sin dar detalles truculentos o morbosos, sino limitarse a  sugerir lo ventajoso de  otras decisiones mas adecuadas.

A medida que se repita la historia, ir actualizando sus detalles  de acuerdo a la madurez y los nuevos  intereses del niño.

Eventualmente,  ampliar el uso del personaje para enseñar otras estrategias de protección, pero evitar utilizarlo para asuntos cotidianos o sencillamente disciplinarios. Su eficacia depende de lo especial o interesante que resulte hablar sobre él.

En la revisión de los relatos, y las actitudes de protección sugeridas, delimitar claramente quienes se espera que sean  figuras “de confianza” indiscutibles (padres, hermanos, abuelos, agentes de la ley, comerciantes instalados, etc.), y evitar generalizaciones del tipo: “Los mayores siempre tienen razón” o similares.

Sería importante, a medida que los niños adquieran autonomía social, proponer pequeñas “aventuras” muy controladas. (pequeños recorridos urbanos de un punto a otro). Y luego comentar las reflexiones que el niño haga sobre los personas y situaciones observadas o experimentadas.

Se defiende mejor uno de lo que conoce que de lo que teme, pero no puede hacerlo de lo que ni siquiera imagina.

Carlos Loeda.

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