Padres, Crianza y Ambiente, 2a Parte.

La famosa Antropóloga norteamericana Margaret Mead definió la cultura como el “conjunto sistemático de conductas aprendidas que se transmiten de padres a hijos”. Esto incluye el modo en que se responde socialmente, agresivo o afectuoso, emocional o frío, etc, puede incluir las habilidades técnicas como tallar una punta de flecha o manejar una máquina, y también aprender a utilizar el lenguaje local y las palabras adecuadas para cada ocasión, las creencias religiosas, los prejuicios o las actitudes políticas.

Que estos rasgos se transmiten de “padres a hijos” era una convicción confirmada por las observaciones que Mead realizó en varias culturas indígenas de Nueva Guinea y en la población local de la isla de Samoa.

Entre las primeras había una tribu montañesa, los Arapesh, amables y pacíficos y una ribereña, los Mundugumor que por contraste eran fieros y belicosos. Estudiando la forma en que criaban a sus niños constató que los primeros seguían procedimientos benévolos e indulgentes, mientras que los Mundugumor, caníbales y cazadores de cabezas, los trataban de forma displicente y ruda.[1]

Para la Dra Mead, esto resultaba una prueba de la influencia que la forma de crianza, el ambiente familiar y otras experiencias precoces tenían sobre las características de la personalidad y en última instancia de la cultura social en un ámbito determinado.

Era una bonita historia de buenos y malos, que daba acabado cumplimiento al encargo de su jefe y mentor, el Profesor Franz Boas de la Universidad de Columbia[2].

La Antropología (antes Etnología) había surgido como modo de comprender y relacionar la gran variedad de la especie humana. En el Siglo XIX se había consagrado el concepto de Antropología “evolucionista”, en que los diversos grupos humanos había ido “evolucionando” sus hábitos e incluso características físicas, de forma progresiva hasta alcanzar un nivel “superior” de desarrollo cultural, esto es, el hombre europeo caucásico.

Para este concepto, los pueblos aborígenes eran “primitivos” y “poco evolucionados”, constituyendo algo así como la “infancia” de la Humanidad.

Boas, por el contrario, entendía que todos los seres humanos actuales y pasados, disponían de aptitudes y potencialidades equivalentes, y las características de sus sociedades eran las formas peculiares de adaptación a sus necesidades y circunstancias transmitidas por la convivencia, esto es su cultura.

Para ello envió investigadores “de campo” (como Margaret Mead), para que recogieran pruebas que la cultura era el mecanismo que hacía peculiares a grupos humanos por lo demás equiparables, y que ésta se construía y transmitía dentro del propio grupo.

Aquí ocurrió algo curioso. La nueva “ciencia del Psicoanálisis”, encontró conveniente que los pueblos “primitivos”, que tenían pensamientos “primitivos” y creencias “primitivas”, representaran algo así como la “infancia” de la Humanidad. Ello permitía un paralelismo muy sugestivo entre la evolución humana y su teoría que los individuos también provenían de una infancia inconsciente, primitiva, instintiva y salvaje, que subyacía mal disimulada bajo nuestros hábitos y conflictos adultos. 3

Esa idea quedó desfasada en Antropología a partir de Boas[3], pero pese a su obvio euro-centrismo, continuó siendo aprovechada por la escuela psicoanalítica, para extender su influencia mas allá del “diván”, a cualquier campo de la cultura y el intelecto. [4]

Así inclusive la propia Margaret Mead, siguiendo la “tendencia” psicoanalítica, centró otros estudios “culturales” sobre el desarrollo de la conducta sexual de los adolescentes en Samoa, donde la feliz libertad y la desinhibición supuestamente liberaba a esa sociedad de los conflictos propios de Occidente a esa edad, y luego de los celos y la violencia afectiva[5].

Bajo uno u otro paradigma, el proceso de socialización sería entonces la transmisión de cultura de los padres a los hijos dentro del ámbito familiar, y luego al grupo social más amplio.

Esto explicaría porqué los hijos comparten con sus padres hábitos, técnicas, idiomas, idiosincrasia social, etc.

Llevado al ámbito del desarrollo individual, esta transmisión de padres a hijos dentro de la familia, comprendería el “otro” 50% en la variabilidad de los rasgos de temperamento y personalidad que no son explicados por los factores genéticos entre los gemelos idénticos, esto es las características “adquiridas” o la Nurtura.

Es una buena explicación, de hecho, es la única que se aceptó durante décadas como dogma en la Psicología Evolutiva (y de paso en la Antropología Cultural y la Lingüística).

Pero en las últimas dos o tres décadas, ha resultado no ser la única posible, ni tan siquiera la mejor.

Como no soy un experto al respecto, en vez de señalar los numerosos protocolos de investigación que han revisado esto, prefiero mencionar un par de ejemplos prácticos que a mi juicio son ostensibles y reveladores.

Como ya he mencionado en un post anterior, desde los años 70 se fue comprobando que ciertos rasgos de temperamento y personalidad son más parecidos en la medida que se comparte más influencia genética.

Para distinguir ésta, del efecto del “ambiente familiar” y la “crianza”, se compararon parejas de gemelos idénticos, hermanos biológicos y niños adoptados criados en familias diferentes. El hecho sorprendente que se comprobó, fue que contra lo que se podría suponer, el vivir en el mismo ámbito no hace más parecidos a los hermanos en cuanto a conducta y personalidad. [6]

Más aún, los gemelos idénticos criados en ámbitos diferentes son más parecidos entre sí que los criados en la misma familia, y los hermanos adoptados por una misma familia no tienden a parecerse entre sí más que los adoptados por familias diferentes.

Pero sin embargo, es un hecho que los niños que conviven, tienden a compartir hasta adultos, hábitos, destrezas, lenguajes e intereses, en una palabra resultan “socializados” de forma común.

Por ello, entre los factores “ambientales”, comenzó a señalarse la diferencia entre el ambiente “compartido” (dentro de la familia, i.e. los padres), del ambiente “no compartido”, (fuera de la familia).

Y los resultados han demostrado insistentemente que casi todo el 50% que no es hereditario, no es atribuible a la influencia del ambiente “compartido”, sino al del “no compartido”. [7]

Esto es, o los padres no influimos, o lo hacemos de forma peculiar a cada niño. Pero cuando se estudia en forma específica factores a los que atribuir esta influencia familiar individual, (estilos de paternidad, orden de nacimiento, etc.) ninguno demuestra ser una causa previsiblemente significativa de características comunes.

Dos ejemplos tal vez ilustren y expliquen estas conclusiones aparentemente insólitas (al menos respecto a lo que se suele creer).

Hacia el primer tercio del siglo XX, la clase alta inglesa era extremadamente aristocrática y elitista, caracterizada por sus rasgos sociales, la asistencia a un reducido círculo de instituciones educativas “aceptables”, y en particular por una estricta etiqueta, aparte de un lenguaje y expresividad peculiares (“stiff upper lip” o labio superior rígido).

Una de sus señas de identidad, era mostrarse socialmente distante, desdeñoso o indiferente, respecto a todo asunto referido a la infancia en general, y en particular a los propios hijos, considerados una “molestia necesaria” por aquello de preservar la progenie.

En una reunión al uso, se podía conversar emocionadamente sobre un perro doméstico, pero los niños eran un tema “de mal gusto”.

Una vez que las madres tenían hijos, éstos eran amamantados por nodrizas o amas de cría, y dejados al cuidado de institutrices o “nannies”, generalmente escocesas o francesas de clase media baja.

Alguna vez al día la madre, “recibía” o “revistaba” a sus hijos, era informada de sus progresos o problemas, e incluso llegaría a abrazarlos o besarlos, pero sin excederse.

El padre solía entrevistar a sus hijos una vez a la semana, todos formalmente vestidos, y les podría dar una charla moralizante sobre el cumplimiento del deber, el estoicismo o la práctica deportiva animosa.

Desde los 7 u 8 años, los hijos de “buena familia” comenzaban ingresando en un internado educativo (o “boarding school”), terminando en los prestigiosos como Eton o Rugby hacia los 17-18 años.

El régimen usual comprendía volver a casa solo los fines de semana, o en 2-3 asuetos cortos al año.

Los profesores de estos colegios eran personas eruditas y educadas, pero generalmente “solo” de clase media o media alta.

Lo interesante a reseñar, es que al llegar a adultos, las personas “criadas” en este sistema mostraban las actitudes, los valores, las costumbres y el lenguaje (esto es la cultura) de sus padres y de su grupo social, con quien prácticamente no habían compartido tiempo, ni experiencias ni afectos ni casi conversaciones.

No hablaban ni sentían ni actuaban como sus cuidadoras permanentes escocesas o francesas ni como sus profesores de Eton[8].

¿De dónde provenía entonces la influencia determinante en sus rasgos sociales?

 

Otro ejemplo histórico puede ayudar a explicarlo tal vez:

A fines del siglo XIX hubo una inmigración masiva hacia las islas Hawai para trabajar en las extensas plantaciones de caña de azúcar, una vez anexionado el reino por los Estados Unidos.

Los inmigrantes provenían de muchos países diferentes, China, Japón, Filipinas, Portugal y Puerto Rico, entre otros, y prácticamente no tenían ningún idioma en común.

Como suele suceder cuando la necesidad acucia, estos trabajadores desarrollaron una jerga práctica, una sucesión de palabras sueltas de muchos idiomas diferentes, lo que en lingüística se conoce como “pidgin”.

Al carecer casi de reglas gramaticales, formas verbales o sintaxis comunes, la utilidad expresiva y conceptual de un pidgin es muy limitada. Esto es los adultos de primera generación, hablaban o bien en pidgin o bien en su lengua original.

Pero los hijos de los inmigrantes conviviendo entre sí, evolucionaron esta lengua nueva al siguiente nivel, articulándola de forma práctica con sintaxis y estructura regular, lo que en lingüística se denomina “creole”, y que permite, mezclando también palabras de distintos idiomas, comunicar e intercambiar ideas y conceptos abstractos de forma útil.

Este lenguaje fue creado entre los propios niños para comunicarse entre ellos. Sus padres no lo hablaban, y en casa se hablaba exclusivamente la lengua familiar.

Entrevistados décadas después[9], quienes habían emigrado como adultos, todavía hablaban “pidgin”, su lengua original, o inglés, pero la segunda generación que habían nacido y crecido en Hawai, adoptaron y conservaron hasta la edad adulta el “creole” en cuya creación habían participado, pese al esfuerzo de sus padres para que mantuvieran su lengua ancestral.

Basada en estas y muchas otras evidencias, la hipótesis conocida como “Teoría de Socialización Grupal”[10] sostiene que existe un nexo común entre el proceso de socialización, el desarrollo de la personalidad y la transmisión de cultura.

Todo ocurre de igual forma y en el mismo sitio: el grupo cultural de “iguales” (“peer group”).

El mundo que el niño comparte con sus “semejantes”, es lo que conforma su conducta y modifica las características con las que nace, por tanto determina el tipo de persona en que se convierte.

Se suele sostener comúnmente, que los niños aprenden su conducta por imitación de los adultos, pero en casi cualquier cultura resultaría insólito e inadecuado que un niño pretendiera comportarse realmente como un adulto, salvo ensayos puntuales y graciosos.

En cuanto comienzan a socializarse conscientemente, hacia los tres años su afán y aspiración fundamental es comprender la estructura, valores y funcionamiento (cultura) de su grupo de referencia (de niños).

De acuerdo al ámbito y a las circunstancias, éste puede estar formado por niños de igual o distinto sexo o edad, parentesco, aptitudes y orígenes raciales, costumbres domésticas similares o diversas. Pero en todos los casos su impulso será tratar de identificar los hábitos, estilos o rasgos comunes al grupo e integrarse en él[11].

No es probable que el grupo adquiera las características supuestamente aprendidas en las familias, ni que se pongan en común, sino por el contrario, cada niño intentará transmitir las propias del grupo en su casa.

El modelo de referencia del grupo de niños, serán los aspectos distintivos y notorios del “mundo de los mayores” que les rodean, adolescentes o adultos, no individualmente los de las familias de uno u otro miembro

El ejemplo cultural más notorio son los juegos infantiles. Desde el alba de la Humanidad, los niños han aprendido sus juegos de otros niños, en general mayores que él.

Esto han hecho sin interrupciones de generación en generación, sin que ningún adulto haya mostrado o enseñado nada. Y con la misma espontaneidad que los han aprendido, han dejando de interesarse en ellos súbitamente al llegar a la pubertad (al cambiar la constitución o la cultura de “su grupo” ).

Entre los tres y los ocho años aproximadamente, los niños suelen adquirir gradualmente un concepto más o menos claro del “papel” que puede representar, le “toca en el reparto” o le va atribuyendo el propio grupo espontáneamente.

Este rol es el resultado de sus características de temperamento innato, más o menos remodeladas por la necesaria adaptación al grupo.

Obviamente no todos podemos representar todos los papeles.

Aquí se suele producir un fenómeno de “contraste de límites” estudiado en sociología de grupos: Cuando se crean divisiones basadas en atributos circunstanciales, aunque sean estos arbitrarios, cada grupo tiende espontáneamente a exacerbarlos para asimilarse internamente y distinguirse externamente del otro grupo[12].

De forma parecida ocurre cuando a alguien se le atribuye un papel especial basado en sus características, sus habilidades y limitaciones aparentes.

La repetida convivencia hace que los demás enfaticen esta expectativa, y que la propia persona perfeccione o agudice esos rasgos para redondear lo que se espera de él (self-fullfillment prophecy o profecía auto-cumplida).

De esta forma, la Nurtura y la Natura no tienen por qué estar, (y no suelen estar) en contradicción ni antagonismo, sino que la una suele orientarse para perfeccionar los resultados de la otra, y terminamos siendo literalmente “lo mejor entre lo posible”.

Desafortunadamente este proceso de integración no siempre es fácil y armonioso. Las habilidades sociales, la inteligencia, la destreza, la simpatía, el atractivo físico son naturalmente variadas, y lleva trabajo encontrar el equilibrio entre lo que te atribuyen, lo que se desea y los recursos de que se disponen. (o sea, “uno es lo que es, lo que cree que es y lo que los demás piensan que es”).

El problema se complica cuando a esta difícil ecuación se agregan nuestras aspiraciones como padres o educadores.

Una cosa es dar herramientas para superar obstáculos transitorios, proveer refuerzo de ánimo u ofrecer orientación.

Pero si damos por hecho que todo es modificable o alcanzable con el “estímulo”, la modificación de conducta, o la ingeniería social aplicada al patio del colegio, es posible que estemos solo volcando nuestras expectativas e ideales personales sin ventajas apreciables para los supuestos beneficiados.

Aunque su vigor o fragilidad puedan ser un rasgo de personalidad, la “baja autoestima” no es el déficit de una especie de “vitamina” suministrable desde el exterior, es mas bien la consecuencia de experimentar la insatisfacción o la impotencia ante un proyecto inacabado o el fracaso de una pretensión desajustada a nuestros recursos, esfuerzos o posibilidades.

A veces ese desajuste y no pocos conflictos derivan de pasar por alto las características innatas de los niños, y la importancia que tiene para su desarrollo, el ámbito social en el que conviven con sus compañeros.

Aunque pueda resultar chocante, la importancia de un Colegio “A” o “B” estriba no tanto en la educación, los profesores o la organización “A” o “B”, sino en el hecho que asumimos que nuestros hijos (que participan de algunos de nuestros rasgos innatos) compartirán el patio de recreo con los hijos de otras personas cuyas tendencias, culturas (y rasgos innatos) también les inspiran o inducen a enviar a sus hijos a un Colegio “A” o “B”. Y allí se organizarán como es previsible en grupos con paradigmas culturales análogos  a esos adultos con los que están en relación sus miembros.

El resultado de todo ello, combinado con los rasgos individuales, decidirá si en ese medio el que esfuerza mucho es admirado y emulado, o despreciado y marginado, o las felonías y balandronadas son amparadas y emuladas por el grupo o solo una expresión de rebeldía individual.

 

Carlos Loeda

 

[1] Mead M. (1963). Sex and Temperament in three primitive societies (3rd ed.). New York: Dell. Primera edición 1935. En castellano: Sexo y Temperamento en tres sociedades primitivas. Paidós Ibérica.

[2] Riddley M. Nature via Nurture, Chapter 8, Conundrums of Culture, pp201-208, Harper-Collins. 2003

[3] Aunque inspiró luego la Antropología estructural de C. Levy Strauss al teorizar sobre los mitos.

[4] Kenny R.   Freud, Jung and Boas: The Psychoanalytic Engagement with Anthropology Revisited. 2015 The Author(s) Published by the Royal Society, Notes Rec. 69, 173-190 doi:10.1098/rsnr.2014.0048 Published online 25 February 2015

[5] Mead M., Adolescencia y Cultura en Samoa, 1990, Paidós Ibérica.

[6] Bouchard TJ jr et al. Sources of human psychological differences: the Minnesota Study of Twins Reared Apart. Science. 1990 Oct 12;250(4978):223-8. (Y estudios varios producto del MTFS (Minnessota Twin Family Study).

[7] Loehlin, J.C. & Nichols, R.C. (1976), Heredity, environment and personality: A study of 850 sets of twins. Austin: University of Texas Press. Citado en Rich Harris J., The Nurture Assumption, 2009, Free Press.

[8] Glyn, A. (1970). The British: Portrait of a People. New York, Putnam’s Sons. Cit. en Rich Harris, J. The Nurture Assumption, 2009, Free Press

[9] Bickerton, D. (1983, July). Creole languages. Scientific American, 249, 116-122

[10] Rich Harris, J. The Nurture Assumption, pp 337-341 et al. Free Press 2009.

[11] Corsaro, W. A. The Sociology of Childhood, 2nd Ed. Pine Forge Press 2005

[12] Sherif, M., et al. (1961) Intergroup cooperation and competition: The Robbers Cave experiment. Norman, OK: University Book Exchange. Cit. en Rich Harris, J. The Nurture Assumption, Free Press 2009.