Padres, Crianza y Ambiente. 1a Parte.

En cualquier reunión, es habitual que cuando un niño se comporta de forma desconsiderada o descontrolada, los adultos busquen con la mirada a sus padres. Si el asunto se repite o si el niño en cuestión adquiere fama de violento o problemático, las reclamaciones, recomendaciones, interpretaciones o incluso la sanción social, se suele dirigir a aquellos, en el sobreentendido colectivo que los rasgos de conducta del niño son absolutamente atribuibles a la forma en que éste ha sido guiado o criado.

Incluso en el lenguaje coloquial, aunque hoy algo en desuso, se suele utilizar el término “mal-educado” para definir a un niño con una conducta habitualmente descuidada, dando por sentado que es el resultado de un proceso erróneo o inadecuado de educación ejercido sobre él.

Esta idea intelectual de la familia como crisol formador y responsable de la conducta infantil, y eventualmente de la adulta, es relativa y tal vez sorprendentemente nueva en la historia humana.

En la larga fase prehistórica, la vida de los los homínidos primero  y los humanos después se organizaba en grupos multifamiliares (bandas), y muchas de las aptitudes y los rasgos sociales, sensoriales y cognitivos característicos, se desarrollaron para facilitar esta interacción grupal y sus relaciones internas y externas.

Hasta bastante bien entrado el Siglo XVIII, la familia ampliada  fue una unidad principalmente económica, tanto en la vida rural como urbana. Como tal, en ella los hijos representaban un valor,   “pertenecían” y estaban sometidos a la omnímoda voluntad de padres y adultos, y dependían absolutamente de  ella para su bienestar e incluso para su simple supervivencia.

Hasta el siglo XIX el modelo de crianza era tan solo una práctica consuetudinaria, destinada a satisfacer estas necesidades.

Los cambios económicos de la Revolución Industrial, permitieron que  surgiera un nuevo modelo de familia nuclear individual, dentro de un marco de intimidad doméstica, donde la tarea educativa pasa a estar a cargo principalmente de la madre.

Pero al mismo tiempo, una serie de nuevas conceptualizaciones filosófico-sociales respecto a la relevancia del individuo, el desarrollo de la ciencia en la Ilustración, y el descubrimiento de culturas “diferentes”, despertó la curiosidad intelectual sobre el proceso del desarrollo humano, entre filósofos y científicos de diversa laya.

Dado que los individuos son diferentes en cuanto a su conducta y sus aptitudes, la pregunta que surgía era qué los hacía diferentes. La causa de esta diferencia ha suscitado un debate histórico acerca de si es principalmente expresión de la “naturaleza original” de cada individuo, o sea cómo se nace, o bien resultado del cuidado, educación o “ambiente”, o sea como se cría. (Natura vs. Nurtura)

Lo segundo tuvo preeminencia por entonces, y ello  condujo a la proliferación de nuevos conceptos educativos, sui generis y contradictorios, producto cada uno de ellos de diversas concepciones filosóficas y religiosas.

El mas notorio antecedente y “experto” inspirador de muchas de estas recomendaciones, fue el filósofo suizo J.J. Rousseau, quien sostenía que la “naturaleza” de los niños era prístina y equilibrada per se, por lo que los procesos educativos deberían ser extraordinariamente benévolos y  abstenerse de interferirla o desviarla, so pena de arruinar su belleza original.

Como en muchos otros ejemplos que veremos, el énfasis y certeza del sabio para recomendar métodos educativos, resultaba al menos chocante cotejándola con su experiencia vital. Rousseau nunca se casó, y los numerosos hijos que tuvo con su amante-mucama, fueron entregados inmediatamente a instituciones públicas, para ser criados por el Estado. (“…como recomendaba Platón en La República…”). Estos niños serían naturalmente buenos, pero lo cierto es que tuvieron bastante mala suerte.[1]

Por otra parte, los ministros protestantes y los educadores jesuitas, propugnaban una severidad precoz y una vigilancia cercana de las “desviaciones”, restringiendo las expresiones afectuosas, y las experiencias emocionales agradables, por considerarlas como origen certero del “reblandecimiento” o del “envilecimiento” del carácter futuro. Y la disciplina estricta como un “molde” necesario para la estructuración de un adulto moral y ajustado a la sociedad.

A todo esto, a finales del Siglo XIX prosperó la “nueva ciencia” de la Psicología, que aportó nuevos puntos de vista basados aparentemente en hallazgos “científicos” irreprochables.

El primer “psicólogo” en hacer recomendaciones convencidas y rotundas fue John B. Watson, fundador de la escuela llamada “conductismo”. Este sostenía que toda la conducta humana adulta era el resultado de una serie de aprendizajes que actuaban sobre una base psicológicamente “neutra”, por lo que con la metodología adecuada, cualquier niño podía convertirse en cualquier clase de adulto con cualesquiera características y talentos[2].

En este “sistema”, el afecto y las emociones eran superfluas, cuando no parásitas, por lo que una buena educación debería esmerarse en restringirlas al máximo.

Mas o menos paralelamente, en Europa, surgió  la figura inmensamente influyente de Sigmund Freud. A partir del estudio y la especulación culta sobre algunos pacientes adultos, y la expresión e interpretación hiper-elaborada de sus “síntomas neuróticos” (sobre cuyo rigor metodológico e incluso veracidad han surgido luego justificadas reservas), Freud desarrolló una teoría del desarrollo psicológico infantil (o desarrollo “psico-sexual”), organizada en “etapas” o niveles.[3]

La superación de cada una de estas etapas suscitaría “crisis”, interrupciones y retrocesos. Estos son promovidos  u obstaculizados por factores erótico-emocionales asociados a la vida y a la interacción emocional precoz con los padres, fuera esta voluntaria o involuntaria, consciente o (preferiblemente) “subconsciente”.

De tal manera, cualquier rasgo conflictivo o dificultoso del ser humano adulto, podría pesquisarse retrospectivamente hasta el tierno momento de la infancia donde los padres infligieron el “trauma” correspondiente.

Durante casi setenta años, pese a la ausencia de un contraste experimental, el enfoque “freudiano” se consideró infaliblemente certero, y su influencia se extendió hegemónicamente no solo a las ciencias de la conducta humana, sino a las ciencias sociales y al arte y cultura en general.

Es de hacerse notar que la mayor parte de las conclusiones se elaboraban especulativamente a partir de informaciones obtenidas de pacientes adultos por evocación de sus propios recuerdos infantiles.

Actualmente es de sobra conocido el hecho que el estado de ánimo o los sentimientos actuales tiñen y sesgan  irremisiblemente nuestros recuerdos y evocaciones. Recordamos de forma distorsionada y tendenciosa, reajustamos y remodelamos nuestros recuerdos a la medida de nuestras “necesidades” o deseos, y asociamos el mismo recuerdo a una emoción positiva o negativa de acuerdo a nuestra condición presente.[4]

Llamativamente, los primeros estudios rigurosos sobre el desarrollo infantil (Arnold Gessell, Goodenough), se limitaron a describir las observaciones y cuantificarlas, sin pararse a especular sobre causas potenciales que determinaran diferencias en unas u otras características.

De los hechos de observación y de la experiencia común, siempre han parecido sugerir dos correlaciones mas o menos generales.[5]

  • Los padres con buen control de sus vidas y buenas relaciones interpersonales, tienden a tener hijos que a su vez desarrollan características análogas. Los hijos de padres que tienen vidas problemáticas o conflictivas, tienden a reproducir estas características.

 

  • Los niños que son tratados con afecto y consideración, tienden a controlar mejor sus vidas y sus relaciones interpersonales que los que son tratados dura o desconsideradamente.

Como convenía al ambiente intelectual de las teorías en boga, se daba por “obvia” y determinante la influencia, y por tanto, la responsabilidad de los padres y el ambiente familiar en los rasgos futuros de los hijos. Por tanto, cualquier correlación detectada entre una cosa y la otra se consideraba una confirmación “científica” de dicha influencia.  Pero las “pruebas” solían adolecer de dos fallos metodológicos.

  1. Por una parte, un error muy común y no siempre involuntario en la interpretación de los estudios de correlación. El que dos hechos A y B estén “relacionados”, puede significar que A cause a B, o que B cause a A, o que haya un tercer factor que sea la causa común de los dos, o que la relación sea puramente casual. (De desechar esta última posibilidad se encargan habitualmente los procedimientos estadísticos).

 

  1. La “Natura” como explicación alternativa o parcial de dichas correlaciones. Esto es, la gente es en gran parte “como nace”, y ello lo hereda de sus padres, motivo por el cual las actitudes y las aptitudes tienden a repetirse.

Este factor fue durante mucho tiempo, marginado y estigmatizado por su asociación con los movimientos eugenésicos y sus contrapartidas políticas (nazismo).

No obstante, los avances posteriores en  Genética y Neurociencias, junto con la revisión crítica de décadas de estudios sobre Psicología Evolutiva, Antropología o Sociología, han permitido concertar un cuadro bastante riguroso sobre la forma en que los factores hereditarios influyen de forma determinante en las características de  la personalidad y  la conducta humana.

A los fines metodológicos, es relativamente sencillo  establecer un “gradiente” escalonado de influencias genéticas compartidas, entre gemelos idénticos >  mellizos > hermanos biológicos > hermanos adoptivos.

Las conclusiones mas significativas para individualizar la influencia relativa de factores genéticos o ambientales, han surgido  de estudios evolutivos comparando rasgos de temperamento, inteligencia, personalidad y conducta entre:

– Gemelos idénticos criados en ámbitos iguales o diferentes desde la primera infancia.

– Gemelos idénticos comparados con  mellizos o hermanos biológicos.

– Hermanos biológicos comparados con hermanos adoptados, compartiendo el mismo ámbito de crianza.

Los resultados globales de estos estudios se pueden expresar como índice de la variación promedio entre dos grupos en estudio (varía entre 0 cuando las similitudes no son mayores que el azar, hasta 1 cuando son iguales).

En general, la mayoría de los rasgos estudiados indican una convergencia de 0,5, en los gemelos idénticos, y dado que estos comparten casi todo el material genético, ello significa que las variaciones de dichas características pueden atribuirse aproximadamente en un 50% a rasgos heredados.[6]

Los innumerables estudios de Psicología Evolutiva que durante décadas se hicieron sin salvar metodológicamente este hecho, padecen de un vicio original que puede ser descrito  simpáticamente con esta metáfora:

  • …Es como comparar la conducta adulta de perros galgos criados en corrales con perros caniches criados en departamentos familiares, y atribuir todas las diferencias a los distintos “ambientes de crianza”… 5

Hubiera resultado particularmente importante no comparar entre sí a niños individuales provenientes de distintas circunstancias ambientales (porque también pueden diferir en sus rasgos genéticos), sino comparar entre sí a grupos de hermanos, mellizos, gemelos o adoptados, para  poder juzgar la influencia específica de uno u otro factor.

Por otra parte, los hallazgos sugieren que el asunto resulta aún mas complicado de analizar:

  • Es obvio a la experiencia común, que los padres no tratan a todos sus hijos por igual (diferencias por edad, sexo, orden de nacimiento, y características personales que los hacen mas “simpáticos”, “dóciles”, comunicativos, etc).
  • Esto es que no solo existe el efecto de los padres sobre los hijos, sino que habría un efecto de los hijos sobre los padres. Como esas características son en gran parte genéticas sería como considerar el “efecto del efecto” de los genes. Ello explica en parte que la “heredabilidad” (convergencia entre gemelos idénticos) de algunos aspectos como la inteligencia (IQ) sea menor si se la analiza en etapas tempranas de la vida que en la edad adulta.
  • Sorprendentemente, los gemelos criados en el mismo ambiente no son tan similares como los criados en ambientes diferentes.
  • Los hermanos adoptados criados en una misma familia no se parecen mas que los que son criados por familias diferentes.[7]

Diversos factores del ambiente familiar se han postulado como importantes para influir sobre los rasgos ulteriores de la personalidad o la conducta:

Orden de nacimiento: Tradicionalmente se ha considerado un factor de importancia ser el mayor, el segundo o el mas pequeño, lo que condicionaría ciertas peculiaridades en la personalidad, y se han publicado muchos estudios “demostrándolo”.

Lo cierto es que una revisión exhaustiva del asunto, ha desmentido estas diferencias. En efecto, los niños adaptan su conducta familiar a su “rango” y situación, y esto afecta a sus relaciones interpersonales en la familia. Pero no se ha demostrado que esto condicione su forma de comportarse en otros ámbitos, como en el colegio, el patio de juegos o la vida adulta. Esto es, una persona se comporta como el “menor” o el “mayor” en el ámbito familiar, pero ello no predice como se comportará en el futuro en otras circunstancias. (aunque probablemente volverá al papel asumido entre los suyos en cada reunión familiar).[8]

Estilos de paternidad: Una autora describió los “estilos” posibles como “Autoritario”, “Permisivo” y “Autorizativo”.[9] Este último sería la forma de autoridad razonable, comedida, que facilita la toma gradual de responsabilidades, promueve el encomio por sobre la sanción, y que nos planteamos en general como deseable los padres de cultura “occidental moderna”, (pero que no siempre conseguimos practicar).

Aún así, no todas las tradiciones culturales comparten este ideal. Orientales, afro-americanos, árabes etc. suelen estimar de otra forma el valor absoluto de la autoridad, y algunas tendencias intelectuales abogan por la permisividad y el auto-control como panacea educativa.

Lo cierto es que, una vez descontados los factores genéticos, no se han demostrado diferencias sustanciales en el desarrollo, los rasgos de la personalidad ni las aptitudes cognitivas en base al “estilo” en que los padres o el ámbito familiar manejan la interacción con  a los niños.

De la misma forma, se ha revisado la influencia de otros factores “alterados” en la estructura familiar: Familias monoparentales, padres divorciados, parejas no tradicionales (homosexuales, multiculturales, etc),   embarazos in vitro o subrogados, deseados o rechazados, niños cuidados en guarderías o por sus madres en casa, etc.

Frecuentemente,  estos circunstancias fueron consideradas como perturbadores potenciales del desarrollo de la personalidad.

Debe recordarse el hecho que algunos de esos factores coinciden o determinan situaciones de menoscabo o marginación social y económica (p.ej: las madres solteras pueden serlo involuntariamente, los divorcios pueden deteriorar el estatus económico, la homosexualidad solía ser un estigma, etc), y que esas condiciones pueden influir tanto o mas sobre la evolución que el propio factor analizado.

Con la evolución social, actualmente muchos de esas “nuevos modos familiares” resultan de una elección voluntaria y libre y no una consecuencia indeseada, sobrevenida o embarazosa. Sin las consecuencias económicas y sociales que antes les eran casi inseparables.

Cuando se realizan los estudios ajustando  los grupos respecto a estas nuevas circunstancias, el tener un padre o dos, casados, pareja de hecho o divorciados, homosexuales o heterosexuales, madre con trabajos externos y niño en la guardería o cuidando al niño en casa, no determina diferencias apreciables en la evolución de las características psicológicas, mas allá de las atribuibles al factor hereditario[10].

Desafortunadamente, durante muchas décadas, debido a la influencia de las escuelas psicológicas mencionadas,  extendida a todo el ámbito socio-cultural, los padres en general y las madres en particular, han sido sometidas a un constante adoctrinamiento sobre su “responsabilidad” (y a veces “culpa”)  respecto a las consecuencias de sus actitudes y métodos de crianza.

La apelación continua al “amor incondicional”, la alabanza permanente, la inhibición crítica, el tiempo “de calidad”, los juguetes y juegos “didácticos”, la “estimulación precoz”, el contacto físico compulsivo, la exhortación emocional “positiva”,  y en los últimos años  el “apego” se han considerado como mantras infalibles y mágicos para promover y proteger el desarrollo anímico e intelectual de nuestros hijos.

Todo ello ha suscitado una atmósfera intelectual donde el afecto por los hijos no es un sentimiento espontáneo, profundo y poderoso, que es determinado por intensísimos mecanismos instintivos mutuos o el juego sencillamente algo divertido y agradable,  sino “resortes terapéuticos”, técnicamente bajo el control intelectual de dogmáticos expertos, y de cuyo ejercicio meticuloso y eficaz dependerán críticamente los “resultados”.

Sin embargo, los estudios que supuestamente evidenciaban esto han ido perdiendo relevancia, cuando se ha sustraído a los resultados, la influencia de los factores hereditarios (50%), y el hecho que en los factores ambientales, (el otro 50%) se han ido desechando la influencia de la crianza precoz, las características de la familia, de los estilos de autoridad o educación, el orden de nacimiento, etc.

Por ejemplo, algo tan repetido como la influencia de la relación materno-filial en los primeros meses de la vida (“Apego”). Su creador intelectual, John Bowlby, extrapolando su experiencia sobre el efecto del abandono infantil extremo y su formación psicoanalítica,  postuló que ello determinaba un “patrón maestro” (working model) afectivo que condicionaba todas las futuras relaciones personales del individuo.

Es probablemente cierto que el modelo afectivo que establece el bebé con su madre, pueda condicionar su manera de relacionarse con ella probablemente para el resto de su vida, y depende tanto de las circunstancias como del temperamento (genético) de ambos. Esto dentro de los límites de los estilos y las experiencias familiares usuales, que nada tienen que ver con situaciones de desastre humanitario.

Pero lo que se ha demostrado, y es incluso accesible al sentido común,  es que el propio bebé, y la persona durante toda su evolución ulterior, es capaz de establecer (y establece), modelos de relación específicos, característicos y  distintos con distintas personas y en distintos ámbitos. El alcance de esta aptitud también estará condicionado por sus rasgos innatos de temperamento y  personalidad[11].

Esta capacidad de adaptación persistente, se ha demostrado en una forma de conducta humana muy especializada: el lenguaje. Contra lo que se creía, los niños tienen una estructura innata del lenguaje, y este no es modelado ni aprendido particularmente del de la madre o de la familia.

Ello resulta obvio en el caso de los niños sordos de padres con audición normal (y viceversa), o los niños de familias emigrantes que deben adaptarse a un medio social con idiomas diferentes al de sus padres.

En dichas situaciones, al igual que en el caso del “apego”, los niños se adaptan a nuevas situaciones, y son capaces de crear nuevos roles y aptitudes  peculiares, ajustadas a  cada ámbito, independientemente de la calidad o características de sus experiencias precoces. Esto se conoce como “Code switching” [12](algo así como conmutación de código), y es probablemente uno de nuestros mecanismos sociales mas felices y característicos, sobre el que trataremos en un próximo post.

Como padre amoroso, me preocuparía que alguien dedujera erróneamente que en este artículo se desmiente el placer de las relaciones materno  y paterno filiales o la ventaja de un bienestar doméstico armonioso, la recompensa afectiva mutua del contacto físico o la emoción del reconocimiento humano, la satisfacción por el desarrollo personal o el orgullo por comprobar cómo nuestros hijos van metamorfoseándose de criaturas entrañables en seres humanos magníficos.

Lo que se desmiente aquí es la pretensión intelectual de controlarlo “técnicamente” so pena producir infaliblemente en el futuro una “serie de catastróficas desdichas”, y atribuir luego su responsabilidad a los padres.

Amamos a nuestros seres queridos porque ello va en nuestra naturaleza, porque nos resulta placentero, porque nos resulta necesario e ineludible, no porque los vayamos a modificar o a corregir  con nuestro afecto

La interacción y comunicación con los hijos es un instinto poderoso, placentero e insustituible, cuya desnaturalización nos desasosiega y alarma enormemente. Depende de cómo son y actúan los padres, pero también de cómo son y actúan los hijos.

Del “ambiente”, el otro 50%, hablaremos en un artículo futuro.

 

Carlos Loeda

 

 

 

[1] Jean-Jacques Rousseau, Lettre à Madame de Francueil, 1751

J.-J. Rousseau a confié ses cinq enfants aux Enfants-Trouvés,…

[2] Watson J B, Psychological care of infant and child, 1928, New York, Norton.

[3] Freud S., Tres ensayos sobre Teoría Sexual, 1905

[4] Myers DG, Happiness, unhappiness and memory, en  The pursuit of happiness: Who is happy and why? New York, Avon 1992

[5] Rich Harris J. The Nurture Assumption, pp 18. Free Press, New York, 2009

[6] Bouchard T J jr, Likken, D T, et al. Sources of human psychological differences: The Minnesota study of twins reared apart. Science, 250, 223-228, 1990, Oct 12

[7] Plomin, R. Owen, M.J. et al The genetic basis of complex human behaviors. Science, 264, 1733-1739, 1994, Jun 17

[8] Ernst C. & Angst J. Birth order: Its influence on personality. Berlin, Springer-Verlag. 1983

[9] Baumrind. D. Child care practices anteceding three patterns of preschool behavior. Genetic Psychology Monographs, 75, 43-88. Cita en The Nurture Assumption de J. Rich Harris.

[10] Weisner, T.S. Implementing new relationship styles in American families. 1986, Citado en The Nurture Assumption, J. Rich Harris.

[11] Lamb M. E. & Nash A. Infant-mother attachment, sociability and peer competence. In T.J. Berndt  & G.W. Ladd (Eds), Peer relationships in child development (pp 219-245) New York, Wiley. Citado en The Nurture Assumption, J. Rich Harris.

[12] Rich Harris J. The Nurture Assumption, pp 60-66. Free Press, New York, 2009