Niños inventores, niños inventados

The KidTengo particular interés en una época de la vida y del desarrollo de los niños. Se trata del período entre los tres y los 6 años, parte de lo que Piaget designaba como  etapa “Pre-operacional”[1].

Esta fase se caracteriza entre otras cosas, con la activación, descubrimiento y puesta en juego de los “sistemas”  mentales que  permiten e inducen al niño a interactuar socialmente de modo complejo.

El comienzo de este período coincide con el inicio de la comunicación verbal útil, y el estudio como modelo del desarrollo del lenguaje ha dado pistas muy importantes para comprender la naturaleza de la evolución humana individual y en la especie.

Han existido muchas teorías sobre cómo aprenden los niños a hablar. Generalmente se aceptaba que tanto las palabras, como las reglas gramaticales del lenguaje, o los modismos, se adquirían acumulativamente en el contacto con el lenguaje de los padres y otros adultos.

Sin embargo,  los estudios de psicolingüística evolucionista (como los de N. Chomsky y S. Pinker) han desarrollado la idea cada vez más aceptada que el lenguaje humano es un sistema “pre-instalado” en el cerebro, que ha evolucionado con nuestra especie para ajustarse a nuestros elevados requerimientos de interacción social (“Instinto del lenguaje”[2]).

Así  disponemos de  sistemas innatos que ajustan el lenguaje con arreglo a reglas programadas. Mientras los estímulos verbales ambientales  proveen al mecanismo de contenidos y referencias.

De  la misma forma que existen varios “módulos funcionales” innatos que procesan cada aspecto del lenguaje, también es probable que nuestro desarrollo social dependa de funciones innatas, que han  evolucionado  para propender a la interacción social exitosa.

Resumiendo sagazmente hallazgos de décadas de investigación, Judith Rich Harris[3] sugiere que la adaptación social requiere la activación interactiva de tres sistemas: El Sistema de Relaciones, el Sistema de Socialización, y el sistema de Competencia.

Desde el comienzo y previo a cualquier otra cosa, el bebé tiene que “conseguir” que su madre le ame. Luego, sucesivamente tiene que aprender a hacerlo con otras personas diferentes, su padre, sus hermanos, otros niños, otros adultos. Tiene que ser capaz de comunicarse con ellos, aprender qué esperar de cada uno, y hacerse una idea de cómo comportarse también con cada uno.

Por ejemplo, al llorar puede conseguir que su madre lo alimente y lo consuele, pero puede que ello no tenga el mismo efecto en otras personas, o, pasada cierta edad,  ni siquiera en su madre.

A medida que se hacen mayores, hay más gente en sus vidas y deben tomar más decisiones. Para decidir adecuadamente respecto a amistades, alianzas, acuerdos, socios o parejas, los niños tienen que aprender a evaluar a las personas. ¿Cómo distinguir al digno de confianza del poco fiable? ¿A quién se puede dominar, y ante quién se debe ceder?

Estos aspectos implican la recogida de Información acerca de la gente y de cómo interactuar con ellos como individuos.

Las tareas del segundo “sistema” son aquéllas relacionadas con la Socialización. Esto significa aprender la “cultura” pertinente, o sea integrarse y adaptarse al grupo al que uno parece pertenecer. Ello significa adquirir las habilidades y el conocimiento, el lenguaje y los hábitos, que se esperan de los componentes de  “mi” grupo. (O dicho a la inversa y parafraseando a Groucho Marx, “…yo nunca querría formar parte de un club que aceptara gente como yo…”).

Los niños necesitan por tanto aprender cómo comportarse de una forma que sea considerada apropiada para su “sociedad”.

Dado que los miembros de una tribu pueden no conocerse todos personalmente, tener el lenguaje y el acento apropiado, las costumbres esperables y la ropa o el peinado adecuado podría ser un asunto de vida o muerte.

El tercer Sistema, cuyas funciones deben entrenarse tiene relación con la competitividad. La Evolución se basa principalmente en la competición, y uno de los propósitos de la infancia es preparar al niño para competir exitosamente hacia la edad adulta.

Pero los seres humanos tienen muchas formas de competir y lo que funciona bien para uno, puede ser un desastre para otro. Por ejemplo comportarse agresivamente puede ser una estrategia exitosa para unas personas y no para otras.

Se puede ser grande y fuerte, o pequeño y delgado,  físicamente atractivo, peculiar o simplemente “feo”, cada uno tendrá que hacer uso de diferentes recursos y opciones. Para ajustarse con éxito en la vida adulta, los niños tienen que desarrollar una estrategia de conducta a largo plazo, que esté ajustada a sus propias aptitudes, defectos y estilos.

Estos tres sistemas: manejar relaciones individuales, socializarse y desarrollar una estrategia a largo plazo para la competición probablemente asienten en “módulos” separados del cerebro, y  su participación es evidente en algunos rasgos de la conducta de los niños, en la etapa que menciono.

Una condición obvia para el desarrollo de estas aptitudes es disponer de la habilidad de interpretar  el estado de ánimo, o las intenciones de los demás, a partir de la expresión física, emocional o verbal. Este recurso también es innato, variable entre las personas y se activa gradualmente durante el desarrollo.

A esta  función se le ha llamado “teoría de la mente”[4][5]. Es por esta aptitud que podemos comprender sin dificultad el argumento, los sentimientos y las intenciones de los personajes en una película muda o la representación de un mimo.

Ésta es una especialización exquisita del cerebro humano, que es compartida muy limitadamente por  algún otro mamífero superior. Es curioso por ejemplo, que mientras los perros domésticos interpretan la dirección que señala nuestra mirada (una caja donde hay aglo guardado),  los lobos, aunque muy cercanos biológicamente, no son capaces[6].

Esta capacidad de “leer la mente” de los otros, nos permite constatar el efecto de nuestra conducta sobre ellos y “retroalimentarla”.

La exploración de lo que hace emocionarse a otras personas, motiva el entusiasmo de los niños  de 5-6 años por reclutar emociones positivas en su entorno, haciendo el “clown” o contando el mismo chiste tenazmente, hasta que todo el mundo se aburre.

El impulso de socialización conduce al reajuste de la conducta para entrar dentro del modelo que la persona juzga como adecuado. (que para sorpresa de los padres,  con frecuencia  no son ellos, sino  alguien del grupo de escolar, de sus hermanos o amigos mayores).

Cuando las aptitudes no son adecuadas, los recursos son suficientes, o las circunstancias no son propicias para completar una adaptación satisfactoria, los niños de esta edad suelen utilizar recursos compensatorios para “puentear” sus limitaciones o sus “defectos”.

Uno de ellos es tratar de modificar la realidad de forma “creativa”, mintiendo o desarrollando una realidad paralela como un amigo invisible o imaginario.

Resumiendo, se trata de la necesidad creciente de establecer relaciones personales, responder a un modelo social adecuado y establecer nuestra “jerarquía”, en una realidad en evolución permanente, haciendo uso de nuestros recursos.

La mentira cumple en esas circunstancias funciones de un “préstamo” de realidad para completar nuestra “imagen” en los demás, y este préstamo tenderá a ser mayor y mas persistente, cuanto  mayor sea la diferencia entre las expectativas requeridas, y las posibilidades disponibles.

Inicialmente, las mentiras suelen ser “lúdicas”, juegos de entrenamiento para verificar sus efectos y consecuencias. Luego pueden reaparecer periódicamente como medio de compensación transitorio.

Pero si la ventaja que producen es inalcanzable por medio de desarrollo normal, si las características de la personalidad lo facilitan, y los modelos sociales lo promueven, su mecanismo puede tender a perfeccionarse y a incluirse dentro de la estructura habitual de la conducta.

Cuando las mentiras se utilizan sistemáticamente de forma ventajosa, con mecanismos elaborados de ocultamiento, es probable que se requieran esfuerzos serios y organizados para desanimar su uso disfuncional.

Aunque el concepto de “propiedad” es difuso al principio de este período, y tiene mas que ver con la delimitación del “poder”, a medida que los objetos se ven como atributos de determinadas características, el apoderarse de ellos como propios sin serlo, puede formar parte de algunas etapas del desarrollo normal.

De la misma forma que las “mentiras”, lo que determina la relevancia del asunto es la tenacidad a lo largo del tiempo, la utilización como recurso preferencial, o la complejidad de  las estrategias de simulación u ocultamiento.

El fenómeno de los “amigos invisibles” o imaginarios puede ocurrir en varias épocas de la infancia, en esta fase del desarrollo (5 a 8 años) puede considerarse una variante peculiar de la normalidad, (aunque esto sea menos cierto a medida que avanza la edad).

Básicamente se trata que el niño se comporta como si interactuara naturalmente con una figura humana, generalmente de su edad aproximada, (aunque puede ser una figura adulta o “mítica”) a la que alude abiertamente con más o menos asiduidad de acuerdo a la tolerancia que muestren los adultos a la situación.

En esta interacción o diálogo, el niño (aunque más frecuentemente suelen ser niñas), puede volcar preocupaciones, sentimientos de tristeza, frustración o postergación, pero también compartir en ella anhelos o  sentimientos de satisfacción “secretos”.

Parece probable como en el caso anterior, que se trate de una respuesta compensatoria, frente a  la necesidad creciente de interacción personal, socialización y jerarquización, y el desajuste transitorio entre las aptitudes, intereses, vivencias, estilo emocional  o expectativas del niño y de su entorno.

La evolución de este desajuste (que depende tanto de la naturaleza del niño como de las características de su entorno), es lo que determina la tenacidad del “problema” (aunque  no tiene  porqué serlo).

Es importante comprender que no se trata de un fenómeno “alucinatorio”. Esto es, el niño NO PERCIBE a tal persona realmente, solo saca partido de  imaginar su presencia. Por ello es tan negativo censurar su utilización, como  ingenuo actuar como si los demás también lo percibiéramos.

Se trata de aceptar y respetar la mención del mismo, como cuando alguien con una creencia que no compartimos mecha su conversación con alusiones a ella (sea un dios, un santo, o un signo zodiacal). Ni la asumimos como propia, ni la discutimos, respetamos la función que cumple para esa persona.

Carlos Loeda

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[1] Piaget J. Seis Estudios de Psicología, Editorial Labor, 1995

[2] Pinker S, The Language Instinct, Penguin Books, 1994

[3] Rich Harris J., No Two Alike, Human Nature and Human Individuality, W W Norton, 2007

[4] Baron-Cohen S, Leslie A M, Frith U, Does the autistic child have a “theory of mind”?, Cognition, 21: 37–46, 1985

[5] Stone V., Baron-Cohen S, Knight R, Frontal Lobe Contribution to Theory of Mind, Journal of Cognitive Neuroscience vol 10: 5, pp. 640–656, 1998

[6] Hare B. & col., The Domestication of Social Cognition in Dogs, Science  22 Nov 2002: Vol. 298, Issue 5598, pp. 1634-1636