Narciso como papá

Como he comentado varias veces en estos post, pese a las “cataclísmicas” noticias de cada día, creo razonablemente que vivimos en el mejor mundo que ha conocido la Humanidad.

La impresión contraria que podemos recibir proviene precisamente de la naturaleza de esas “noticias”:

Vivimos en el mejor mundo posible, pero sumergidos en un océano de información indiscriminada e incontrolable. Y esta información distorsiona y condiciona flagrantemente todo lo que percibimos, razonamos o decidimos con nuestro presunto “libre” albedrío.

Esta inundación “informativa” es también novedosa, imprevisible, y tiene al menos una ventaja: Permite revisar fenómenos antes anecdóticos a una escala casi universal e instantánea.

Los hijos representan la pervivencia de nuestro patrimonio genético. Aún sin pensarlo así, verlos nacer y crecer evidencia el ciclo y la continuidad de la vida, que no es poco para la única especie que tiene conciencia anticipada de su muerte.

Es así lógico que lleguemos a identificarlos con nosotros, al punto de considerarlos una extensión nuestra, tan propia como nuestra cara o nuestros brazos.

Una característica crítica de la especie humana es el reconocimiento social. Éste nos identifica, nos da jerarquía y atribución a los grupos a los que pertenecemos (familia, tribu, banda, clan, etc.), en la medida que seamos capaces de ajustarnos a sus características, modos, lenguaje y costumbres. Lo que es cierto tanto para nuestra conducta como para aquello que se nos atribuye.

En esta medida, nuestros hijos también resultan una extensión lógica de lo que utilizamos para valorarnos y ser valorados, por lo que enfatizamos orgullosamente sus rasgos óptimos, y procuramos enmendar o amortiguar aquellos que pueden resultar socialmente menos ventajosos, o nos resignamos y aprendemos a aceptarlos o a sufrirlos.

Así el famoso relato de Plutarco sobre  Cornelia Africana, “la madre de los Gracos” (Cayo y Tiberio), quién exhibía a sus hijos como sus joyas, cuando las otras señoras mostraban las suyas en las reuniones sociales.

O como la prototípica, histriónica y exageradamente reivindicativa “idishe mome” (madre judía) de las películas de Woody Allen.

Tan valiosos y tan nuestros consideramos a nuestros hijos que la tradición, la Mitología y la Historia recuerdan como relevantes y “heroicos” su sacrificio, impuesto como moneda de cambio por dioses o adversarios a padres abrumados por el dilema (Ifigenia y Agamenon, Isaac y Abraham, Pedro y Guzmán el Bueno, o el General Moscardó y su hijo).

Es obvio que en guerras y martirologios varios, incluídos los dolorosamente mas recientes, los que exhortan e impulsan al sacrificio suelen ser padres y ancianos, mientras los que pierden la vida, suelen ser hijos y jóvenes.

Pero  aparentemente así es como ha ido avanzado la Humanidad.

El problema es que, como el Narciso de la Mitología, a veces nuestra hambre de reconocimiento no se sacia con la simple realidad, y deseamos incrementarlo a costa de lo que sea.

En este mundo de la información abrumadora ha surgido el fenómeno de la “fama” (tal vez sería mejor llamarlo “famosidad”), como aquello que representa sencillamente la notoriedad cuantitativa, sin relación con virtud, aptitud, realización o acción destacada.

Sencillamente se es famoso porque se es conocido, y se es conocido porque se es famoso, retroalimentado positivamente al infinito en los infinitos medios disponibles.

Esto no es nuevo: Aquí hay un par de ejemplos de la fama previos a las “redes sociales”, el uno cordial, y el otro dramático:

La versión amable e irónica es “Mi hermana Elena”, comedia del año 1955, donde a una joven deseosa de promoverse en el mundo artístico se le ocurre alquilar un gran anuncio solo con su nombre, en pleno Times Square de New York.

Con esta única fuente de “notoriedad” infundada, consigue su objetivo de volverse famosa.

Mucho mas oscura y tal vez, mas significativa para nuestra época es el relato “La Muerte del Héroe” (Pär Lagerkvist, Historias Malignas, 1924)

Es relativamente breve, pero me parece una premonición tan inquietante de situaciones actuales, que no me resisto a transcribirla, aún a riesgo de resultar chocante.

 

La Muerte del Héroe

En una ciudad donde nunca parecían suficientes las distracciones, un comité había contratado a un hombre que, luego de mantenerse en equilibrio cabeza abajo en lo alto del campanario de la iglesia, debía arrojarse al vacío y matarse. Cobraría por ello 500.000 coronas. Todas las clases sociales, todos los círculos se interesaron vivamente en el asunto. No se hablaba de otra cosa y las entradas se agotaron en pocos días. La gente opinaba que era un acto valeroso, sin dejar de considerar su precio. Por menos agradable que fuera caer de semejante altura, había que reconocer que la suma ofrecida bien valía la pena. Se podía estar orgulloso de una ciudad capaz de constituir el comité que había organizado todo sin escatimar gastos. Por supuesto, la atención se dirigía también hacia el hombre encargado de realizar el proyecto. Solícitos y ardorosos, los periodistas se arrojaron sobre él cuando faltaban pocos días para el espectáculo. Los recibió amablemente en el mejor hotel de la ciudad, donde tenía reservadas varias habitaciones.

–¡Bah! Para mí esto no es más que algo necio. Me han propuesto la suma que ustedes conocen y he aceptado. Eso es todo.

–Entonces, ¿usted no encuentra desagradable arriesgar su vida? Se comprende que sea necesario, pues sin ello la cosa no tendría nada de estrictamente sensacional y por lo tanto el comité no pagaría como lo hace, pero para usted personalmente no puede ser agradable.

–Sí, usted tiene razón; he pensado en eso. ¿Pero porqué no se haría por dinero?

Inspirados por estas declaraciones, aparecieron en los periódicos largos artículos sobre ese hombre hasta entonces desconocido, sobre su pasado, sus proyectos, sus opiniones sobre la actualidad, su carácter y su vida privada. Si se abría un diario cualquiera, allí estaba su retrato: un joven vigoroso, sin nada que lo hiciera notable, pero lozano y airoso, de rostro abierto enérgico; tipo representativo, en suma, de la mejor juventud de la época, sana y voluntariosa. Su imagen podía verse en todos los cafés, como preparación de la emoción que habría de venir. Se concluía que el muchacho no estaba nada mal, que era simpático; las mujeres lo encontraban maravilloso. Algunos que se atribuían mayor sentido común alzaban los hombros diciendo: es un pícaro. Pero todos estaban de acuerdo en admitir que una idea tan original, tan fantástica, sólo podía nacer en una época tan extraordinaria como la nuestra, con su fiebre, su fogosidad, su propensión al sacrificio total. El comité, por su parte, recibía unánimes elogios por no haber reparado en los gastos cuando se trataba de montar semejante cosa, de ofrecer a la ciudad un espectáculo tan excepcional. Los gastos serían seguramente cubiertos por el precio elevado de las entradas; sin embargo, había un riesgo a correr.

Por fin llegó el gran día. Los alrededores de la iglesia hormigueaban de gente. Reinaba una emoción inaudita. Todos retenían el aliento, sobreexcitados por la espera de lo que debía ocurrir.

Y el hombre cayó; todo fue breve. La gente se estremeció, luego levantó la cabeza y se puso camino a casa. Hubo cierta decepción. El espectáculo había sido grandioso, y sin embargo… En suma, lo único que había hecho era matarse y se había pagado caro por una cosa tan simple. Se había desarticulado horriblemente, pero, ¿qué placer se había obtenido? ¡Una juventud llena de promesas sacrificada de esa manera!

El público volvió descontento a su casa; las damas abrían sus sombrillas para protegerse del sol. No; se debería prohibir organizar semejantes horrores. ¿Quién podría encontrar placer en ellos? Reflexionando, ellos encontraban todo eso irritante.

 

Podríamos cambiar en el texto “dinero” por “fama” o por “likes de Facebook”, y el sentido del cuento no cambiaría mucho, pero podría resultar inquietantemente actual.

En realidad lo que esté dispuesto a arriesgar cada uno para hacerse de una fama “inmortal” puede resultar excesivo o incluso inmoral según ciertas consideraciones, pero finalmente es un asunto de su personal incumbencia.

Pero, al poderse convertir los hijos en una fuente de “fama” o notoriedad personal para sus padres, y exacerbarse infinitamente esta posibilidad multiplicada en redes sociales y medios de comunicación, estos pueden llegar a ser utilizados (y se utilizan de hecho) para protagonizar imágenes y escenas insólitas o arriesgadas.

Provocarles, inducirles o permitirles accidentes, a veces menores o a veces no tanto, donde la torpeza, el temor, la sorpresa o la propia violencia soportada por la víctima son el espectáculo, el motivo de diversión y el objeto de exhibición masiva.

Pueden ser adolescentes que participan en la diversión y aumentan su exposición al riesgo excitados por la perspectiva de la “fama”. Pero también bebés, protagonistas involuntarios, expuestos al riesgo o cuanto menos ridiculizados.

Es tan chocante ver a los padres provocar el incidente, como ver que ante uno fortuito, el observador mantiene incólume una distancia adecuada para registrar la escena, en vez de, alarmado acudir en ayuda del accidentado.

También lo es el desatino de dejar a bebés al arbitrio de todo tipo de animales, fiando mas su conducta y sus respuestas al mundo de Disney que a la realidad biológica

El ansia de emoción o conmoción del espectador, genera aparentemente el aumento espúreo de la “notoriedad” del autor (que frecuentemente es un progenitor).

El ejemplo mas brutal ha surgido hace unos días por un proceso judicial en Argelia motivo de una noticia. http://www.elmundo.es/f5/comparte/2017/06/21/594a5550e5fdea2e598b4594.html

Insisto que esto no es propio ni exclusivo de nuestra época. Utilizar a nuestros niños para demostrar algo insólito o riesgoso ha sido utilizado por “artistas” circenses , https://youtu.be/IgqT5lxWfJ0

o mistificadores pseudo-trascendentes https://youtu.be/uoxuiml5UY4 .

Lo que es auténticamente señal de nuestro tiempo, es la divulgación masiva e instantánea y aparentemente hedonista de los eventos, .

La “fama” puede producir una atracción morbosa, pero no ignoremos su componente de marketing.

En la sociedad actual, la notoriedad es un valor intercambiable, prácticamente una moneda de curso legal. La que se obtiene por un delito, puede ser usufructuada para presentar un programa de televisión o vender un libro.

Esta última vertiente crematística de la “fama” también puede aplicarse a la mayoría de los “movimientos” o gurúes que proponen dietas absurdas o el antagonismo contra terapias eficaces, con argumentos infundados o banales.

Generalmente este interés económico no obra en el espíritu de los padres-seguidores, tan víctimas como sus hijos, o al menos no inicialmente. Pero por supuesto sí en los líderes e inspiradores.

La disputa por el público y la fama para venderles “aceite de víbora” (snake-oil) o crecepelos milagrosos, no es exclusiva de nuestra época.

Ya los sacerdotes del Faraón consideraron un truco fácil de Aarón el convertir su bastón en una serpiente, y lo consiguieron emular sin problema alguno.

“Nada hay nuevo bajo el sol”.

 

Carlos Loeda