Ley de Murphy, responsabilidad y accidentes.

Ley de Murphy [1], responsabilidad y accidentes

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Básicamente se trata de un padre de dos niñas de uno y tres años que decidió llevar a su familia a recorrer el mundo a vela, y debieron ser rescatados a 1500 Km de la costa mexicana en el Océano Pacífico, por una compleja operación aeronaval de la Guardia Costera norteamericana. Una de las niñas, acababa de ser dada de alta de una salmonelosis cuando comenzó el viaje, y los problemas de logística y salud se fueron acumulando hasta que tuvieron que pedir socorro.

No hace mucho, en una excursión dominical por una montaña cercana, mientras subíamos trabajosamente con mi mujer siguiendo el sendero en zig-zag, nos cruzamos con un padre joven y vigoroso, que se lanzaba montaña abajo, cruzando los pedreros a través, con una niña de dos a tres años subida a sus hombros.

Esto me suscita una reflexión que va mas allá de estos peculiares episodios.

Obviamente todos tenemos unas ideas mas o menos  definidas sobre el tipo de personas que desearíamos fueran nuestros hijos. Suele ser una mezcla de nuestros modelos familiares y sociales, nuestra información, nuestras expectativas no cumplidas, combinado  poco o mucho con las preferencias, estilo y oportunidades de los propios interesados.

El proceso de desarrollo humano está sometido a un dilema inevitable: Cuanto mas se experimenta, mas se aprende, pero también cuanto mas se experimenta, mas se arriesga.

Parte de esa experimentación esta determinada por el temperamento del niño, y parte es inducida por la “presión educativa” de los padres, que usan sus conocimientos, intuición y sentido común, para decidir donde poner el punto de equilibrio.

Antes de ir mas allá es bueno recordar que aunque los niños lleven nuestros genes, nos “obliguen” a cuidarlos, y nos enorgullezcan y den sentido a nuestra vida, son personas independientes de nosotros, y su destino nos incumbe solo parcialmente. Dicho en otras palabras, no se trata tanto que sean como, o hagan lo que nosotros amamos, sino que nosotros amemos lo que ellos sean o hagan por ellos mismos, con nuestra guía y nuestras oportunidades.

Los niños son ávidos buscadores de modelos, y llegado el tiempo adecuado terminan ajustándose a ellos, salvo que  asocien el modelo con experiencias muy penosas, o que sencillamente no se ajuste en absoluto a su naturaleza y preferencias.

Entonces puede que la familia sea una larga saga de montañistas o ciclistas, o de amantes de los animales con tres perros en casa, o que consideren la caza y las armas de fuego un “rito de pasaje” para la madurez masculina, o que sean experimentados navegantes de varias generaciones.

Pero también puede que el padre haya decidido ya adulto, hacer una vida mas “intensa”, o que haya leído “por ahí” que a los niños les beneficia el contacto con animales, o que quiera unir a la familia emprendiendo excursiones marítimas, y quiere que sus hijos participen en sus hábitos sobrevenidos.

En el primer caso, los riesgos suelen ser muy bien  comprendidos, y los imponderables propios de cada actividad asumidos responsablemente.

En el segundo caso, es posible que el entusiasmo y la falta de información seria, distorsione la ponderación del riesgo, hasta que algún episodio negativo nos recuerde nuestros límites, y los peligros reales.

Es hermoso y emocionante compartir actividades y aventuras con los hijos. Asegurándose que su edad y madurez les permita disfrutar plenamente de la experiencia, y que no resulten solo objetos  de una foto de brumoso recuerdo.

Ajustar el nivel de complejidad e intensidad de las actividades a la percepción y aptitudes de los niños participantes, e ir aumentándolo con el aprendizaje y la destreza.

Opino que lo contrario es hacerlos rehenes de nuestro  entusiasmo.

Un buen senderista siempre pone al mas lento junto a la cabeza del grupo.

 

C. Loeda

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[1]  Si algo puede salir mal, tarde o temprano saldrá mal. Corolario: La tostada cae siempre del lado de la mantequilla.