La Fiebre, o adonde van las lagartijas

La Fiebre, o adonde van las lagartijas

 

Una lagartija descansa junto a una roca calentada por el sol. Tiene una infección bacteriana y ha comenzado a sentirse enferma (lagartijamente). En algunos movimientos, nuestra lagartija se sube por la roca, y se planta en la parte mas calurosa. Y ahí se quedará.

Si tomáramos su temperatura al principio y al final, veríamos que ésta ha subido varios grados, lo cual no es sorprendente porque la temperatura de los reptiles depende de la temperatura ambiente.

Lo interesante, es que,

1- Si le diéramos una aspirina, probablemente dejaría de subirse por la roca, y dejaría de buscar calentarse. Y tal vez mas importante,

2- de cada diez lagartijas que subieran a la roca sobrevivirían aproximadamente ocho a la infección, y de cada diez que no suben, solo sobreviven dos ó tres.

Entonces, cuando las lagartijas, (como los reptiles, anfibios y peces en general) tienen una infección, elevan su temperatura (tienen fiebre) situándose en un área mas caliente.  Los vertebrados superiores, (aves y mamíferos), consiguen lo mismo sin tener que desplazarse, cambiando el punto de equilibrio del sistema de producción y  pérdida de calor corporal.

Aunque el mecanismo de calentarse es diferente, es interesante el hecho que la aspirina (u otros antitérmicos) sea capaz de bloquear el ascenso de temperatura en ambos grupos de animales. Es fácil deducir que si puede ser bloqueado por el mismo fármaco, es que el sistema central de detección y regulación es probablemente análogo.

Nos encontramos ante un sistema de control biológico que lleva 500 millones de años funcionando, por lo que hay que suponer que sus efectos deben servir para algo mas que para molestarnos o alarmarnos.

Dejando las lagartijas aparte, es importante entender que si bien toda fiebre conlleva aumento de temperatura, no todo aumento de temperatura es fiebre.

Nuestro termostato verifica que en condiciones normales la temperatura de los receptores (en diversas partes del interior del cuerpo) esté a 37-37,5ºC. Si esto no es así, se ponen en marcha una serie de acciones para cambiar el ritmo de producción o pérdida de calor.

Durante las enfermedades infecciosas, nuestros tejidos producen una serie de substancias (interleucinas, citoquinas, etc.) que activan la “inflamación”, mecanismo  que entre muchas otras funciones, tiende a mejorar globalmente la respuesta defensiva contra las infecciones. Algunas de esos mediadores, “convencen” al termostato central, para que eleve la temperatura de regulación.

Lo que antes era “normal” ahora resulta “frío”, y se disparan los mecanismos de producción de calor: Temblores musculares, disminuir la radiación cutánea dejando a la piel exangüe (palidez), disminuir la superficie corporal (acurrucarse), y conductas “lagartijescas”, como ponerse un jersey, cerrar la puerta, encender la estufa o tomarse algo caliente). Pero estos mediadores son también responsables de las sensaciones desagradables que asociamos con la enfermedad: Dolores, hinchazón, congestión,  “trancazo”, inapetencia, náuseas, etc.

Los medicamentos que bajan la fiebre (anti-piréticos), suelen actuar bloqueando la producción de esas mediadores, o bien directamente sobre el “termostato” cerebral.

Hacia 1800, coincidiendo con la aparición de los primeros medicamentos de esta clase, se comenzó a considerar la posibilidad que la fiebre fuera un “daño colateral” de la enfermedad, y su “control” potencialmente beneficioso. Probablemente la idea surgiera porque dichos medicamentos, bloqueando los mediadores, también disminuyen el dolor (analgésico) y otros efectos asociados con la inflamación.

Aunque hasta entonces nadie hubiera desmentido a Thomas Sydenham que en el Siglo XVII decía que “…la fiebre es la máquina que la Naturaleza usa para barrer a su enemigo…”

La temperatura sube durante la fiebre activada por el “termostato”. También sube durante la exposición a un ambiente muy caluroso, por un simple efecto físico, (golpe de calor). Pero en este caso, contra la “voluntad” del termostato cerebral que intenta infructuosamente “enfriarnos”.

Como parte de la inflamación, la fiebre es un síntoma mas de enfermedades infecciosas, que pueden ser mortales o dejar secuelas, pero que probablemente serían mucho mas agresivas si no pudiéramos aumentar nuestra temperatura.

Es notorio que en ciertas circunstancias, la propia reacción inflamatoria puede “descontrolarse” y volverse tan agresiva que produzca mas daños que la propia enfermedad que la desencadenó, o activarse sin motivo aparente en ausencia de infecciones (como en las enfermedades auto-inmunes). Como es lógico la fiebre acompaña ambas situaciones, pero no es la responsable de sus consecuencias.

Es fácil entonces comprender que con muy pocas evidencias,  se hayan atribuído a la fiebre toda clase de efectos deletéreos, muy pocos de ellos demostrados. Comento algunos:

– La fiebre y el cerebro: El termostato del que hablamos, está en el cerebro, mas concretamente en el Hipotálamo. No es raro que una enfermedad que inflame o dañe el cerebro severamente, pueda alterar el funcionamiento del mecanismo de control, y por tanto, la temperatura deje de estar controlada.

– En ciertos momentos de su vida, los niños pueden tener cierta predisposición a tener convulsiones con un aumento demasiado rápido de la temperatura (no, como se suele creer, con un nivel de temperatura determinado). De supervisarse adecuadamente suele ser algo completamente inocuo y sin consecuencias.

– Algunas enfermedades infecciosas cerebrales, asociadas con fiebre elevada (meningitis bacteriana, paludismo), pueden dejar secuelas, que se llegaron a atribuir infundadamente a la propia fiebre.

– La hipertermia no febril (o sea el aumento de temperatura corporal no fisiológico, o no activado por el mecanismo normal de fiebre), SI puede dar lugar por sí misma a consecuencias muy graves en todo el organismo y en particular en el cerebro.

Una de sus causas es que la persona permanezca en un ambiente muy caluroso en el que no pueda perder calor corporal, y tienda a acumularlo. Ésto ha sido desgraciadamente de gran actualidad recientemente, por niños que han sido dejados dentro de automóviles expuestos al sol. Los niños son mas propensos a tener “hipertermia” de este tipo, y mas susceptibles a sus consecuencias.

– Fiebre y metabolismo: Durante las enfermedades infecciosas, suele haber “catabolismo” (esto es gastar mas que ahorrar), como en una “economía de guerra”. Lo que no sirve para la “defensa” se enlentece o suspende, incluída la digestión de alimentos, por lo que perdemos el apetito y estamos nauseosos. Necesitamos (mas) agua y azúcares de aprovechamiento fácil, pero no nos apetece comer para “estar fuertes”, ni lo aprovecharíamos.

– Fiebre y crecimiento: Uno de los estímulos para producción de Hormona de Crecimiento es la fiebre, por lo tanto es cierto que uno de los estímulos para crecer (lo que nos corresponde) es la fiebre algo prolongada.

– Tengo la sensación que existe cierta “fascinación” por las mediciones clínicas de la temperatura. Desde los clásicos gráficos al pie de la cama de las películas, hasta la literatura romántica. La fiebre es un testigo muy fiable de si existe o no actividad inflamatoria, pero no mide la gravedad de la enfermedad subyacente.

– En el primer semestre de la vida, resulta difícil distinguir solo clínicamente,  infecciones autolimitadas (virus en general), de infecciones invasivas (bacterias), por tanto, la fiebre elevada es un signo de alarma que debe ser aclarado sin tardanza.

Mas allá de esta edad, ni la intensidad ni la “resistencia” a bajar con antitérmicos de la fiebre tiene un valor discriminativo demostrado, para distinguir infecciones leves de graves.

Igual que existen mediadores inflamatorios que propenden a “elevar” el termostato, existen otros mediadores “anti-piréticos” que contrarrestan este efecto. Por eso la fiebre “auténtica” tiende a evolucionar a lo largo de ciclos de tiempo en respuesta a la modulación del sistema. Suele bajar por las mañanas y subir por la tarde-noche, asociado a cambios cíclicos de producción de los corticoides.

Dado que la fiebre va asociada con malestar y molestias, es razonable juzgar éstas para decidir la necesidad de “tratarla”. Pero la meta no debería ser intentar suprimirla encadenando medicamentos o medidas físicas.

Por lo dicho, es obvio que el cuerpo “quiere” elevar su temperatura, por lo que si a un animal “homeotermo” (nosotros), se lo intenta enfriar (quitándole ropa, mojándolo, etc.), se pondrá en marcha una reacción defensiva de “stress” térmico, aumentará la vasoconstricción (palidez), el temblor, y el “acurrucamiento”, con el malestar consiguiente, y la re-elevación posterior inevitable.

Cuando un anti-térmico comienza a hacer efecto, el termostato vuelve a su nivel de equilibrio previo, y “decide” perder calor, nos ponemos rojos (irradiación), sudorosos (evaporación) y nos desabrigamos. En ese momento, es razonable, eficaz y agradable, tomar un baño templado.

En resumen, la fiebre es un excelente detector y medidor de actividad inflamatoria, y ésta a su vez suele revelar la existencia de algunas enfermedades, infecciosas o no, pero muy raramente es un síntoma dañino por si mismo.

Es razonable aliviar en parte el malestar asociado con ella, pero es inútil, y probablemente contraproducente, hacer esfuerzos con suprimirla o intentar controlarla tenazmente por debajo de alguna cifra mas o menos elevada.

Lo mas importante si la fiebre se eleva o se prolonga mucho, es averiguar qué la causa, o mejor aún, que NO la causa, o sea, intentar descartar aquellas entidades que puedan requerir tratamiento mas o menos inmediato.

Debe protegerse a los niños de la exposición a altas temperaturas, en particular en ambientes donde no sea posible evacuar el calor (sitios cerrados, muy húmedos), o al sol intenso, aunque sea un lugar abierto.

 

Carlos Loeda

 

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