Juguetes Sexistas

No es posible discutir que el rasgo distintivo (y por ahora y hasta que sepamos, exclusivo) de nuestro planeta es la Biosfera. Esta inmensa diversidad de formas de vida es el resultado de la capacidad de adaptación a prácticamente cualquier medio, circunstancia y desafío, aún los mas extremos.

Esa adaptación como tan sagazmente dedujo Ch. Darwin, se produce por procesos graduales y progresivos de especialización y selección. Y se selecciona mucho mejor, cuanto mayor es el “surtido” disponible.

Ese “surtido” aplicado a la Biología, es lo que se conoce como Variabilidad genética, esto es, aunque una población tenga unas características mas o menos determinadas, dispone de un excedente muy importante de características alternativas latentes y disponibles para medrar en circunstancias diferentes a las actuales (cambios ambientales, dietéticos o geográficos).

Es fácil entender que las perspectivas de supervivencia de una especie dependen críticamente de su reserva de variabilidad genética, o su capacidad para aumentarla.

La reproducción sexual es el mecanismo evolutivo mas extraordinariamente eficaz para potenciar la variabilidad de la dotación genética de generación en generación, porque mezcla y “baraja” los genes de los progenitores para crear cada individuo con una naturaleza genética notablemente original y potencialmente diversa.

Salvo el ejemplo excepcional de las especies hermafroditas, la reproducción sexual se basa y esta condicionada por la diferenciación y el dimorfismo sexual, esto es por los rasgos que caracterizan y distinguen ambos sexos.

Estos se sustentan en un sistema muy dotado evolutivamente para modificar y adaptar estructuras, funciones y comportamientos a los rasgos específicos masculinos   y femeninos.

En los mamíferos, ya las células germinales o gametos se distinguen por la presencia o ausencia de un material genético especifico (Cromosomas “X” e “Y”). El embrión con material genético Y, inducirá la formación de testículos, mientras que su ausencia, “permitirá” la formación de ovarios.

Los productos originados en estos y otros órganos, determinan un desarrollo específico y gradualmente divergente de las futuras estructuras implicadas en la funcionalidad sexual y la reproducción.

Dondequiera que haya “receptores” susceptibles de ser activados por esos factores neuro-humorales, los tejidos y estructuras sufrirán modificaciones específicas durante la formación orgánica, y luego mas enfáticamente durante la maduración sexual adulta.

Solo con este estímulo, un par de cordones celulares no especialmente complejos se transforman en estructuras tan diversas como el aparato genital femenino y masculino.

Por tanto, es fácil entender que un órgano de sí “hipercomplejo” como el Sistema Nervioso Central con sus decenas de miles de millones de neuronas, conectadas por billones de interacciones, responsable último de nuestra conexión sensorial, interacción física y elaboración especulativa, sea modificado estructuralmente y condicionado funcionalmente por la influencia de los genes y las hormonas sexuales, tanto directamente como a través de sus mediadores, precursores y otras acciones indirectas.

Dicho en otras palabras, es indiscutible la existencia de una diferenciación y un dimorfismo sexual a nivel cerebral, como lo hay en cualquier otro órgano o tejido sin que suponga en esos otros motivo de menoscabo, alarma o reticencia intelectual alguna.

Por otra parte, es obvia la ventaja evolutiva derivada de rasgos de comportamiento o emocionales adaptados a las funciones reproductivas específicas de cada sexo, resultado de la evolución humana de 200.000 años o algo mas extensamente, 3 ó 4 millones de años si se aplica a homínidos emparentados con nosotros.

Por tanto, no resulta extraño que a lo largo de la evolución, y la expresión cultural humana universal se hayan desarrollado actitudes de comportamiento, aptitudes específicas y preferencias sistemáticas a las que tiendan a inclinarse mas los individuos de uno u otro sexo, comenzando por fases bien tempranas de la vida.

Al respecto resultan interesantes como ejemplo, los estudios de uno de los mayores expertos en neurobiología de la conducta, el Dr Simon Baron-Cohen. En uno de ellos, se evidencia una diferencia significativa en la atención que bebés de pocas semanas prestan frente a objetos inanimados o a rostros humanos. Las niñas muestran estadísticamente mas atención hacia los rostros, mientras que los niños dirigen su interés mas selectivamente hacia los objetos de similares dimensiones y luminosidad.

También han sido objeto de divulgación frecuente, las diferencias estadísticas evidenciables entre los sexos, en aptitudes como identificación de imágenes, transformaciones espaciales, lectura de mapas, operaciones abstractas y otros rasgos sensoriales y cognitivos.

En el amanecer de la Humanidad o en fases precoces del desarrollo cultural, estas diferencias funcionales promovieron una división ostensible de las tareas y roles dentro de los grupos humanos.

A medida que nuestra civilización, tiende a hacerse urbana e industrial, las tareas mas duras se especializan, se hacen menos físicas, se encargan a máquinas o desaparecen.

Al mismo tiempo, las actividades productivas de significación económica, tienden a requerir preferentemente recursos intelectuales y cognitivos mas sofisticados, por lo que, las diferencias de aptitud física se hacen menos relevantes. Así, a medida que las sociedades se desarrollan, tiende a equipararse la importancia del rol socio-económico de hombres y mujeres.

Pero con ser cierto, ello no modifica el hecho biológico de nuestras diferencias, aquéllas que habrían hecho exclamar al político francés: “Vive la différence”

Sin embargo, algunas escuelas de pensamiento muy influidas ideológicamente por los socialismos utópicos del Siglo XIX, consideran que la “igualdad” no es solo una aspiración legítima de potenciar por igual los derechos o las prerrogativas humanas independientemente del sexo, sino que sostienen que lo propio para conseguirlo es eliminar todo tipo de “discriminación” en sentido amplio.

Es curioso que esta palabra que concita una connotación moralmente negativa, lo único que significaba en sus orígenes es discernir o distinguir una cosa de la otra. Solo desde el año 1970, la RAE incluye este valor de menoscabo entre los significados, y notablemente luego lo convierte (en ediciones siguientes -2001- del Diccionario) en el significado principal, y finalmente en la única acepción.

Emulando a la Real Academia de la Lengua, aquellas tendencias ideológicas han ido tratando de desestimar la naturaleza última real y biológica de las simples diferencias entre los sexos, estigmatizándolas y exigiendo dogmáticamente la supresión de cualquier tipo de conceptualización que las implique o las sugiera.

Uno de los medios elegidos para tal propósito, nace de una vieja aspiración de todas las utopías desde que el mundo es mundo: Intentar “moldear” al ser humano desde pequeño según sus premisas, como forma de llegar al futuro adulto “ideal”, también llamado “Hombre nuevo”.

Este sistema de pensamiento ha sido compartido por paradigmas culturales tan diversos como los espartanos, los jesuitas, los nazis, los anarquistas, los eugenistas europeos de principios de siglo, los comunismos, utópicos y soviéticos, el sionismo, el movimiento teosófico, el Psicoanálisis, el Conductismo, y hasta las dulces y disfuncionales comunas hippies que anunciaban la “Era de Acuario”.

Todos de una forma u otra, con mas o menos amabilidad, convicción o fundamento estaban imbuidos por la idea de la plasticidad social del ser humano joven, al que se supone, las influencias precoces familiares y educativas, moldearán, condicionarán y determinarán inexorablemente.

En demostrar esto, la convicción moral ha sustituido a las pruebas fehacientes, porque lo cierto es que, aparte de las leyendas o los prejuicios ideológicos, nunca se han sustanciado una evidencia clara que tal efecto existe, o que los seres humanos pierdan sus aptitudes de juicio marcados de por vida por su etapa “formativa”, a excepción del “disgusto” ulterior por cambiar de amigos, de costumbres o de ámbito cultural.

El Temperamento y la Personalidad humanas, tienen una base fundamentalmente innata, y estructurada sobre la naturaleza biológica de nuestro cerebro. Y condicionada principalmente por sus rasgos genéticos, tanto en el sentido de cómo somos, como por la intensidad o modo en que nos afectan las cosas que nos ocurren.

Esta idea notable resulta antipática a cualquiera que presuma de poder modificar radicalmente y a voluntad la conducta humana, pero contra lo que se suele argumentar, no establece una especie de determinismo fatalista sometido a nuestra naturaleza.

Sencillamente cada persona tiene sus posibilidades, sus límites y su “estilo”, basado en sus recursos de base biológica, estos no son muros rígidos, son mas bien dimensiones y distribuciones peculiares a cada individuo. Ámbitos personales en los que unos operarán de forma funcionalmente mas armoniosa y satisfactoria, y otros, …menos.

Entre las novedades argumentales provistas por la corrección política en las sociedades occidentales mas desarrolladas, está el de “sexismo”, que sería algo así como la atribución excluyente y forzada de determinados roles, funciones o rasgos a uno u otro sexo.

Aunque es cierto que, por la influencia y la envidiable combatividad del feminismo radical del Siglo XX, el sexismo mencionado como pecado socio-político-cultural, casi invariablemente alude a la atribución al sexo femenino de roles supuestamente menoscabados.

Huelga mencionar que esta consciencia crítica resultaría de gran importancia para mejorar la situación femenina en sociedades actuales donde se encuentra postergada y degradada. Pero paradójicamente es al respecto de nuestro super-vigilado ámbito socio-cultural donde se revela la mayor energía y notoriedad.

Tampoco preocupan las circunstancias o los atenuantes de la atribución de “sexista”, la simple apariencia hace condenable cualquier imagen, referencia o actitud, pública o privada, que evoque roles “tradicionales”, por mas que sean elegidas o impuestas, banales o trascendentes, excepcionales o cotidianas.

Habitualmente dicha condena, basada en lecturas instantáneas o anécdotas arrancadas de contexto, resulta en un anatema por aclamación popular, inferido por alguno de los voluntariosos observadores (u “observatorios”) conspicuamente dispuestos al respecto.

Y como el “mal” debe ser perseguido desde la tierna infancia para evitar que se implante en el “subconsciente” infantil, los educadores vocacionales, y algunos profesionales, movidos por el loable espíritu de no quedar en evidencia, se afanan en revisitar juegos, juguetes y actividades, por si alguien se atreviera a suponerlas adecuadas para niños o niñas. Y a estos mismos, se los convierte en objetos de compasión y protección, en caso de atreverse a preferirlos o desearlos.

Vayamos por partes:

¿Porqué y para qué juegan los niños?

El desarrollo de cualquier aptitud madurativa del ser humano requiere que la estructura neurobiológica implicada se haya consolidado funcionalmente, y se establezca una retroalimentación positiva entre su maduración gradual y la adquisición funcional de que se trate.

Para ello existe una secuencia universal de adquisición de aptitudes: Descubrimiento > Ensayo casual > Ensayo intencionado > Repetición > Entrenamiento > Aptitud madura.

Esto vale tanto para habilidades motrices, verbales o incluso conductas sociales mas o menos complejas.

Para que esa secuencia avance, es importante que la Naturaleza la haya provisto de algún mecanismo de “recompensa”, que induzca al individuo a insistir e ir entusiasmándose a medida que el proceso continúa.

Dicha recompensa es la “cenestesia” (o sensación interna) de satisfacción que surge cuando “conseguimos” o “completamos” algo, y la sensación de frustración cuando algo nos impide o dificulta esa meta.

Esta búsqueda entusiasta de satisfacción ensayando acciones y experimentando emociones es la pulsión que anima al juego.

Para ello los niños se valen de su propio cuerpo, del mundo físico, de la respuesta de los demás y del uso de elementos intermedios como herramientas o soportes físicos.

A medida que el niño se socializa, los juegos también incluyen ensayos sociales, con personajes, argumentos y trama. Impulsados instintivamente o imitando a figuras emocionalmente relevantes, ensayan “papeles”. (juego de “rol” o role playing)

Tanto las herramientas utilizadas, como la estructura “dramática” de los juegos, son funcionales, esto es, se utiliza lo que se conoce o se tiene a mano, como medio para ensayar y entrenar la función deseada.

Las herramientas o las circunstancias peculiares del juego infantil no operan retroactivamente educando o condicionando al niño, sino que éste las descubre y utiliza para sus propios fines, y del modo que se le ocurre y le resulta satisfactorio.

Obviamente los juegos no son una actividad excluyente dentro del contexto del individuo, y en él se expresa su estilo de temperamento, su naturaleza y las opciones asociadas a ella.

De la misma forma que hay una base neurobiológica de la diferenciación sexual, como en todas las adaptaciones evolutivas, existe un espectro de niveles intermedios en dichos rasgos evolutivos.

Ello condiciona y explica la gran variabilidad de rasgos que se observan, incluidos claro está, el heterogéneo conjunto de personas que desde jóvenes no se encuentran definidas claramente en uno u otro sexo, o se perciben erróneamente atribuidas.

Esto que forma parte de un tema notablemente sensible , complejo, y digno de un enorme interés, atañe al asunto presente de varias formas.

  • Cada niño debe elegir en la medida de lo posible, jugar con lo que prefiera o le guste, evitando juicios ideológicos o intelectuales de adulto sobre la pertinencia de un determinado objeto o acción lúdica.
  • Para ello debe disponer de una amplia variedad de posibilidades, y no demasiadas directivas. Espontáneamente elegirá los modelos, las actividades y los roles que decida entrenar o imitar.
  • Los adultos tendemos a distinguir juguetes que simulan objetos del mundo adulto, de otros que “cumplen funciones” mas crudamente, a estos últimos se los denomina arbitrariamente “pedagógicos”.
  • Para los niños lo valioso es que “sirva para jugar”, así sea un cucharón de la cocina. A veces la ventaja de un objeto “real” usado para jugar, es que posee atributos ausentes de los juguetes propiamente dichos (p.ej. el peso o la composición)
  • Aparte de la comercial, no hay ventaja en identificar de antemano juguetes o juegos “para niños” y “para niñas”. Pero es una verdad luminosa y universal, que la gran mayoría de los niños y las niñas prefieren espontáneamente unas u otras actividades y juguetes.
  • Ningún juego o juguete es susceptible por sí de inducir sentimientos, actitudes o tendencias futuras en un niño.
  • No se volverá agresivo porque juegue con pistolas, ni pacifista porque lo haga con campanitas budistas, sencillamente se expresará a través de ello.
  • Lo mismo vale para las opciones alternativas. Un niño no se convertirá en homosexual porque juegue con muñecas, intente vestirse de niña o haga de bebé con sus primas, ni una niña porque solo disponga como compañía de varones y juegue al fútbol con ellos.

Al hilo de ello: Sería hipócrita desmentir la inquietud que suelen albergar los padres cuando sus hijos insisten en actividades y juegos infrecuentes para los niños de su sexo. Se ha extendido la pretensión social de una especie de jacarandoso “rito de pasaje” en el reconocimiento y respeto instantáneo por la supuesta “opción libre” y precoz.

Todo ello no pasa de ser mas que un alarde o un “tic” cultural. Dicha necesidad de optar puede ocurrir en el individuo, y sería deseable que ocurriera lo antes posible, pero es una circunstancia vital de gran trascendencia emocional, y no una festividad.

De lo que he conocido, en una familia que no lo haya experimentado de antemano, es casi imposible evitar la conmoción socio-cultural y emocional transitoria, o el duelo consiguiente a la pérdida de control sobre sus expectativas vitales.

Afortunadamente en las sociedades occidentales actuales suele haber cabida, conciencia y comprensión a estas transiciones para permitir su transcurso armonioso.

Banalizar el asunto o convertirlo en un problema de elección de juguetes o de roles, no colabora en absoluto a elaborar tal compleja encrucijada existencial.

 

Carlos Loeda

Alicante