El Niño y su Tribu

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Hasta hace no muchas décadas, durante su escolaridad, los niños y los jóvenes compartían una especie de “colonia” cultural, apartada de la “metrópoli” de los adultos.

Los incidentes personales, las emociones, los temores, las postergaciones permanecían en una especie de zona oscura a la observación de la familia, siempre y cuando el niño o el joven fuera capaz de ofrecer un mínimo de satisfacción a las expectativas de sus padres, y “no diera muchos problemas”.

El ámbito donde se dirimían los asuntos importantes para nuestra supervivencia social, era el patio del colegio, la calle del barrio, o a veces el terreno deportivo.

Existía como siempre en los grupos humanos, una jerarquía, o mejor dicho varias jerarquías. Estaba el más “listo”, la más “guapa”, el más “fuerte”, el más “pícaro”, el más “mandón”, la más “perversa”, y luego también los “menos”. Claro que en aquella época éstos no eran los motes, y los que usábamos no llevaban comillas, porque lo creíamos a pie juntillas.

Se padecía mucho, por épocas se amaba u odiaba a según quiénes, y a veces eran las mismas personas que suscitaban una cosa o la otra alternativamente.

Cada uno utilizaba sus (siempre demasiado escasos) recursos para salir adelante, o al menos sobrevivir hasta el día siguiente, y volver a enfrentarse con las dificultades.

Para algunos, éstas eran saludablemente variadas, y cambiaban por temporadas. Para otros, menos afortunados, sus dificultades giraban siempre en torno a las mismas cosas, y se volvían su talón de Aquiles a lo largo de toda su infancia y adolescencia, quedando a veces luego como una impronta agridulce.

Tardamos décadas en comprender, que en aquella época casi todos padecíamos por igual, y estábamos igual de atemorizados o emocionados.

El mundo de los adultos, de vez en cuando se cruzaba con nosotros en forma de profesores, padres o alguna otra autoridad. Era como una constatación de su omnipotencia, raramente expresada en nuestro favor.

Pero incluso ese mundo adulto tan estable y seguro podía de vez en cuando volverse triste y amenazador.

¡Y claro que esto importaba! Pero lo que realmente nos preocupaba y era el centro de nuestras emociones, era la comunidad que compartíamos con nuestros compañeros y amigos (o enemigos).

A medida que se extendió la idea que la infancia es como una especie de crisol donde se moldea al hombre adulto, y que las experiencias precoces pueden ser determinantes de nuestras emociones futuras, se generalizó también el interés por penetrar en las vivencias de los niños, sus emociones “primitivas” o sus valores.

A esto han contribuido de alguna manera las obras literarias en las que, desde la perspectiva de un adulto que recuerda “con beneficio de inventario”, se dirime la visión infantil o juvenil de la realidad en base evocaciones chispeantes, como las “Aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain o “Mi planta de Naranja-Lima” de Vasconcellos, o dramáticas, como “Días de Infancia” de Gorki, las “Tribulaciones del Joven Törless” de Musil, o el “Oliver Twist” de Dickens

Igualmente, nuestra interpretación del mundo infantil se hace a través de las emociones de un adulto que “recuerda”.

También se extendió la pretensión que actuando de determinadas formas sobre estas fases precoces del desarrollo y la educación, se podría “construir” un “hombre nuevo” y un “mundo mejor”.

Independientemente que este esfuerzo haya tenido o no éxito alguno, el resultado ha sido que hemos invadido la organización social espontánea de los niños con nuestras observaciones, lecturas, interpretaciones y directivas.

Y secretamente, también nos hemos “proyectado” sobre los niños, para tratar de revivir y resolver en ellos nuestros propios dilemas infantiles. (“no quiero que sufra como sufrí yo”, solemos pensar), sin entender que tenemos diferente percepción de la realidad.

Es posible que haya en esto alguna consecuencia positiva en cuanto a darle a los niños participación adelantada en la vida social, pero lo que yo advierto son más bien las consecuencias negativas.

Un ejemplo fácil de entender de la distinta escala perceptiva de niños y adultos puede evidenciarse en los siguientes ejemplos:

Cuando un adulto ve pelear a dos niños, suele percibir agresividad e intenciones destructivas que le resultan difíciles de tolerar, porque imagina la misma escena protagonizada por personas de su edad.

Por el contrario, esos niños pueden salir de la situación en perfecta armonía. En los niños, igual que en otros cachorros de mamíferos el ensayo de la agresividad es fundamental para el desarrollo, y no condiciona ni predice la conducta futura.

Cuando un niño presencia un acto sexual entre adultos, no ve afecto, mas bien, suele generarle confusión, aprensión y cierto rechazo. Percibe un grado de intensidad emocional y física que no puede comprender ni canalizar, por lo que lo interpreta en clave de agresividad injustificada. En ambos casos, el observador malinterpreta lo que ve, al procesarlo desde su atalaya.

Dado que a medida que la sociedad “avanza”, la escolarización institucionalizada de los niños se ha ido haciendo cada vez más precoz, y más omnipresente e invasiva, y por tanto también lo ha sido la supervisión casi constante de su conducta social por parte de los adultos.

Consecuentemente también se introducido la “interpretación” de dicha conducta en clave del observador, o bien para ajustarla en “escalas de normalidad”, o bien con involuntario sesgo de moralidad adulta para juzgar si es o no “apropiada”.

Con el aumento de la convivencia, la vigilancia de los adultos gana en eficacia, la conducta de los niños va perdiendo espontaneidad y termina resultando una caricatura complaciente o intencionadamente negativa de lo que entienden puede agradar a los adultos, o lo que estos desean ver.

Y para completar el cuadro, cada vez parece considerarse menos relevante el establecer “cortafuegos” para separar los contenidos culturales adecuados, a los que pueden tener acceso los niños de cada edad madurativa.

Hace algunos años, viendo la película “Kill Bill II” de Tarantino, oí detrás de mí la voz angustiada de un niño de 8 ó 9 años preguntarle a su padre, que no había tenido al parecer dificultades para pasar con él al cine, sobre si la protagonista iba a matar “también a..” un personaje. (conociendo la película, seguramente la respuesta sería afirmativa).

Esto puede parecer una anomalía, pero no lo es mucho menos el que niños de 10-12 años vean algunos programas de noticias del mediodía, con relatos hiperrealistas de homicidios, matanzas y ejecuciones a lo largo y ancho del mundo, comentados con fruición y detalle. Y a esa edad, el niño SABE que no se trata de una película ni una fantasía.

Si sumamos que a los niños se les sustrae del control de su mundo, se les imbuye de conceptos éticos adultos en sus relaciones personales, incluso las del entorno lúdico, y luego se les inunda de contenidos obsesiva y redundantemente violentos, terminarán teniendo dificultades para distinguir su mundo interior y su pequeña sociedad de iguales, del crudo y complicado mundo adulto.

Conste que yo no creo que el mundo sea ahora más violento que lo que era hace 200 ó 2000 años atrás. De hecho, estoy completamente convencido de lo contrario. Yo lo creo, y varios estudios objetivos de estadística histórica lo demuestran. Nunca hemos vivido con TAN POCA VIOLENCIA, a lo largo de la Historia humana.

Antes que murmuren indignados: Lo que se percibe como “peor” actualmente no es consecuencia de la “cantidad de violencia” propiamente dicha, sino del volumen y saturación sensorial de información sobre dicha violencia a la que estamos siendo sometidos permanentemente.

Cuando Genghis Khan o la Horda Dorada, o los cruzados, o los jinetes del imperio bantú mataban prisioneros o rehenes por miles y durante semanas, solo por serlo, esto llegaba a las crónicas en forma de relato casi mítico, años después.

Actualmente tomamos conciencia en tiempo real casi de cada tragedia humana que tenga atractivo periodístico en cualquier lugar del globo.

Vuelvo a los niños. Cuando se les exige que asuman nuestra escala de valores para su conducta, o que la interpreten con nuestros ojos, todo el espectáculo de la violencia mediática, toma un sentido diferente, y ya no se puede relativizar en metáforas o símbolos, ni ser amortiguado o ensayado inocuamente en un juego que termine con unas risas.

Pero el problema es que siguen siendo niños, y su maduración ética y moral está todavía pendiente del desarrollo de su cerebro, de sus vivencias y modelos, y un poco menos importante, de su “educación formal”.

Como ya he repetido algunas veces, nacemos con una dotación funcional que nos predispone para determinadas aptitudes cognitivas, estéticas, emocionales y sociales. Y también con interruptores temporales programados para activarse por sí o interactuando con factores biológicos o ambientales.

Así la realidad nos pone a veces frente a brutales “anacronismos” (literalmente sucesos que ocurren fuera del tiempo en que se supone que debieran ocurrir), y cuando en ellos participan niños, producen el chocante espectáculo de la inocencia o la ingenuidad “perversa”, que alimenta golosamente los titulares, porque atrae morbosamente nuestra curiosidad.

Dado que esto es tan mediáticamente llamativo, la sociedad suele abandonar todo intento de análisis racional, de comprensión inteligente, y a cambio se buscan (y aceptan) respuestas rápidas, intelectualmente atractivas y lo peor de todo, se exige que sean ideológicamente confortables y políticamente correctas.

A partir de allí, casi nadie se atreve a objetar estas “explicaciones” y teorías. Ni se exploran alternativas racionales. Solo se continúa obcecadamente por el mismo camino, iluminado por “expertos”, “observatorios” y “comisiones”, pero cuestionarse la verdadera naturaleza del problema. Que a veces ni siquiera está bien identificado.

Una de las situaciones que me conmueven al respecto es el tan traído y llevado tema del “bullying”, y su consecuencia, la “victimización”.

Cualquier antropólogo cultural puede explicar que cada grupo social, se estructura y estratifica en jerarquías. Que estas se basan en una serie de relaciones y normas internas y externas, de las que hay que participar si se desea pertenecer al grupo.

En la infancia, a partir de los 4-6 años, y de forma gradualmente más intensa hasta la adolescencia, la “cultura de grupo” (o “cultura de par”) es uno de los motores de socialización y maduración más intensa que tienen las personas.

El “grupo”, es una estructura viva, con relaciones dinámicas, y evolucionar dentro de él, exige un nivel determinado de habilidad social, emocional, cognitiva, empática y comunicativa.

Para nuestra desgracia, el éxito o el bienestar dentro del mismo es frágil, y está condicionado por cosas que no controlamos como nuestro aspecto físico, nuestro ritmo de desarrollo, nuestro tono de voz, o nuestra habilidad motriz o destreza manual.

En general en los grupos, cada persona asume un “rol” más o menos estable, que surge del equilibrio entre sus pretensiones, sus posibilidades y el “permiso” tácito del resto de los miembros. Dentro de la vida de los grupos se generan y deshacen continuamente alianzas, enemistades, ascensos y postergaciones.

Periódicamente a algún potencial miembro del grupo se le atribuye o asume contra su voluntad el papel de “outsider”, o de buen grado, o compulsivamente porque no cumple alguna condición o pretensión.

Estas situaciones suelen ser transitorias, sencillamente porque las circunstancias suelen evolucionar permanentemente.

Todos desearíamos que nuestros hijos fueran los líderes más exitosos e inteligentes, más bellos y diestros, pero esto requiere características para las que solo algunas personas están dotadas, y ciertamente solo para alguna de ellas, nunca para todas.

Luchar para superar las limitaciones resulta duro y muchas veces doloroso, pero el premio es extraordinario: La comprobación de nuestra capacidad de control en un ámbito determinado.

Pero deseamos para nuestros hijos una infancia feliz, plena y productiva. Tienen bastante con asumir el largo camino de su educación y de “nuestra” educación, tareas harto suficientes.

Por eso, cuando nos cuenta que se encuentra con dificultades producto de su interacción con su grupo de referencia, de acuerdo a la intensidad o trascendencia, o lo consideramos una banalidad inocua, o una arbitrariedad intolerable. Y o bien nos encogemos de hombros, o nos lanzamos a proteger a nuestro “cachorro” amenazado.

UNA SALVEDAD IMPORTANTE: Evidentemente existen circunstancias extraordinarias Y anómalas, de persecución tenaz, sevicias o conductas sociopáticas, donde es necesario agudizar la pesquisa, la detección y la protección de la víctima, incluso activando medidas de sanción administrativas o legales. Pero ciertamente estas son situaciones EXCEPCIONALES, a las que se suele llegar por un manejo inapropiado de incidentes previos, o por participantes abiertamente marginales o patológicos.

Hecha esta salvedad, valga decir que la inmensa mayoría de los casos, se suele tratar del “escalamiento” de incidentes entre jóvenes, que pasan a adquirir rango de “conflicto”, por la intervención de los adultos, a veces “motu proprio”, y a veces manipulados inadvertidamente por los relatos sesgados y parciales de los niños.

Lo interesante del asunto, es que estas situaciones, dolorosas como pueden resultar para las “víctimas”, o alarmantes para los adultos, son una enorme oportunidad de “entrenamiento” para el manejo de la hostilidad, y el desarrollo del control y la autonomía emocional.

Un niño o niña suelen ser hostigados por lo que ellos mismos perciben como sus “debilidades” o “defectos”. No hay peor desventaja que la auto-infligida.

Si uno elige como sistema de resolución sistemática “atacar el ataque”, tratando de apagarlo o impedirlo o intentando modificar el sistema de relaciones establecido, ello, en mi opinión enaltece el “poder” del atacante, y debilita al atacado, convenciéndolo de su fragilidad e impotencia, y dejándolo listo para el siguiente problema.

El papel de “victima” hasta cierto punto también se elige, o al menos se asume, porque no queda otro “libre”, y una estrategia más productiva puede ser dedicar la mayor parte del esfuerzo en reforzar al atacado, relativizar los argumentos, potenciar sus fortalezas, aumentar sus responsabilidades, enseñarle a rechazar la hostilidad racional y conscientemente, y a buscar activamente canales positivos por donde encauzar sus posibilidades.

La ventaja que este último “método”, es que puede desarrollarse dentro de un ámbito controlado por el niño, su casa, y su éxito no depende de la voluntad del medio hostil.

Lo interesante de este proceso es que puede tener dos consecuencias beneficiosas: Aumenta la sensación de control del niño sobre su entorno, al permitirle buscar alternativas, y en general, reduce su atractivo como “víctima propiciatoria” de un grupo particularmente estructurado.

Digamos que el lema sería: “Yo soy digno de aprecio y respeto. No me interesa estar donde siento que no me quieren”.

Un punto extraordinariamente importante es la predisposición de ciertas personas para convertirse en “víctimas”. Mas que con una auténtica “fragilidad”, ello suele tener que ver con tener expectativas desproporcionadas a los recursos. Por ejemplo un niño naturalmente aprensivo, al que se le exige que asuma una actitud desafiante.

Contando con esto, hay circunstancias que lo exacerban, dejando a la persona expuesta al afán de dominio o exhibición de cualquiera predispuesto a hacer de “matón”.

Lo primero es la fragilidad emocional por falta de control. Niños sometidos a cambios alarmantes, repentinos y que no han podido controlar o anticipar en absoluto, pueden pasar por épocas de dicha fragilidad:

Mudanzas, cambios de colegio, divorcios, muertes o enfermedades familiares, violencia doméstica, marginalidad socioeconómica, inadaptación cultural o lingüística, minusvalías que no han podido compensarse por su importancia o por una adaptación inadecuada o complaciente.

Ya las modificaciones de la adolescencia, suelen extender un sentimiento más o menos sistemático de “inadaptación” a nuestra propia naturaleza, y dudas sobre nuestra adecuación.

La percepción de una peculiaridad o una minusvalía bien compensada hasta entonces, puede hacer “crisis”, y afectar el grado de “control”.

Y por último, las fases iniciales de entidades psiquiátricas no identificadas, también pueden aparecer, confundiéndose con esta “crisis” vital.

Cualquier cuadro que comprenda alteraciones serias e invasivas del estado de ánimo, resultará un agravante muy severo para la interacción conflictiva con el grupo social de referencia del joven.

Los síndromes depresivos (tanto la depresión mayor, como la asociada a otras enfermedades psiquiátricas), se suelen instalar a esta edad de forma sesgada, a veces confundidos con las consecuencias de episodios circunstanciales, o del rechazo o el hostigamiento por una determinada persona o grupo.

Desafortunadamente tenemos mucha más tendencia a “interpretar” las situaciones en clave de desencadenantes externos, que a admitir la naturaleza extraña y desproporcionada del hundimiento anímico.

La depresión no es en absoluto una “tristeza exagerada”, es una enfermedad definida y potencialmente peligrosa

En el caso que la persona tenga dificultades exclusivamente en un ámbito, y sea perfectamente funcional en otros, puede ser materialmente complicado pero resolutivo, distanciarse de la situación conflictiva por aquello de a grandes males, grandes remedios.

A veces el gesto salvador es “prometeico”, y consiste en “hacerse enteramente responsable y dueño de nuestros sentimientos” no atribuírselos a otro.

Pero si la tristeza y la oscuridad del ánimo, se extiende a lo largo y ancho de toda la vida emocional de la persona, es muy importante considerar la seria posibilidad que haya una condición clínica que se esté revelando, y al que la situación conflictiva solo ha “encendido”.

Es interesante conocer que en estudios poblacionales extensos, la tendencia a la depresión es significativamente mayor en todos los implicados en las situaciones de “acoso”, no solo en las personas que sufren persecución escolar, sino también en las que la infieren a otros.

En beneficio, defensa y protección de la persona, cuando existan estas posibilidades, es de lo que habría que ocuparse.

Mientras escribo esto, pienso en las personas hostigadas en su vida escolar porque tienen “hándicaps” físicos objetivos. Y al mismo tiempo, recuerdo con una sonrisa la poderosa fortaleza de un par de seres humanos maravillosos que me honraron siendo mis pacientes durante años.

Ambos tenían problemas que los amenazaban, limitaban y diferenciaban, familias que los enaltecieron, desafiaron y robustecieron pero jamás los compadecieron ni les facilitaron la ventaja de “dar lástima” (y no les faltaban motivos ni peligros).

Contaban sin duda también con una naturaleza favorable, pero creo que los que más los ayudó fue la convicción de todos que se hizo propia, que su desventaja era “su problema”, y cuanto antes lo entendieran mejor les iría en la vida.

Y así fue como se convirtieron en líderes envidiados e imitados. ¡Gloria a mis admirados Gabriel y Ángel!

Carlos Loeda

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