El Llanto

llantobebeEl Llanto

El ser humano es uno de los mamíferos mas físicamente desvalidos al nacimiento. Esto es, su capacidad de sobrevivir autónomamente es prácticamente nula, y requiere de asistencia y protección para satisfacer casi cada necesidad elemental. Esto se justifica, pues nuestro sofisticado desarrollo cognitivo posnatal, requiere un largo proceso de entrenamiento  y aprendizaje, comenzando desde una estructura lo menos condicionada posible.

A diferencia de un caballo recién nacido, que a las pocas horas puede seguir a su madre, o de un monito, que a los pocos días, puede asirse con seguridad al cuerpo de la suya, las aptitudes motrices del bebé humano son de desarrollo mucho mas tardío.

Dado que el ser humano constituye sin duda la cumbre de la organización social adaptable y progresiva, (la organización social de las hormigas o abejas es compleja, pero rígida), nuestra aptitud más desarrollada no es la carrera, ni el salto ni la visión nocturna, sino la capacidad de comunicarnos ideas extremadamente complejas o abstractas.

No es extraño, que uno de los mecanismos de comunicación más potentes de que dispone el niño, sea emitir sonidos que puedan expresar eficazmente a sus cuidadores, sus necesidades, deseos o estado de ánimo.

Desafortunadamente solo disponemos de una palabra usual que defina claramente esta actividad : Llorar o llanto. Digo desafortunadamente, porque estamos utilizando una sola palabra para definir media docena o más de estados de ánimo y emociones que se expresan a través del llanto.

La razón es que el llanto suele considerarse una expresión emocional muy intensa y socialmente exigente o incómoda, por lo que de acuerdo a las distintas culturas solo se considera “aceptable” para los adultos de acuerdo a cual sea su edad,  sexo o qué emoción intente expresar.

Y generalmente, la emoción “aceptable” es la tristeza o al desvalimiento. Por ello se extiende erróneamente esta concepción al llanto de los bebés.

En un bebé, el llanto es nada mas (y nada menos), que el extremo emocionalmente excitado del continuo sueño<> vigilia. Éste va desde el sueño profundo, pasando por la vigilia activa, y grados crecientes de excitación hasta el llanto.

Hay tantas calidades de llanto, como emociones se intentan expresar, y éstas pueden ser de al menos seis o mas “variedades”.

Los bebés pueden llorar entre otras cosas, de Dolor, Hambre, Incomodidad, Fatiga, Aburrimiento o falta de estímulos, o incluso como el simple “alivio” de una tensión acumulada.

El llanto es al mismo tiempo, un mecanismo de “llamada”, extremadamente eficaz, dado que produce en el cerebro del adulto respuestas específicas e intensas.

Concretamente un adulto expuesto al llanto de un bebé, suele mostrar gran actividad en la zona más intensamente “emocional” de nuestro cerebro (específicamente la “amígdala” cerebral).

Esto se asocia habitualmente con emociones negativas como miedo, temor o rechazo, y justifica la sensación de “incomodidad” o deseos de alejarse, con que se escucha un llanto infantil ajeno durante un período prolongado.

Esto es particularmente cierto en los hombres. En las mujeres, esa actividad suele asociarse a un componente en las áreas del cerebro asociadas a la “recompensa”,  lo que suele inducir además una cierta sensación de interés, acercamiento  o protección. (¡Vive la Difference!)

Este componente es claramente mayor, cuando es una mujer que ha sido “condicionada” hormonalmente por un embarazo. Y mucho mayor cuando el llanto es identificado como familiar (capacidad que se desarrolla a los pocos días de nacimiento de un bebé).

Dado que el llanto de los bebés tiene tantas posibilidades, y expresa tantas emociones diferentes, ¿Cómo comprenderlo?.

Es cierto que muchas madres, al cabo de un par de meses, son capaces de distinguir casi inequívocamente un tipo de llanto de otro. Pero no todas pueden, y no todas lo hacen.

Las razones pueden ser varias, pero en mi experiencia, y en la opinión de muchos destacados investigadores, cuanto más confortable este la madre con su papel, más segura con su propia persona, más convencida de la oportunidad de tener ese bebé ahora, y más desprovista de temores respecto al bienestar del niño en particular y de los niños pequeños en general (porque no haya tenido malas experiencias previas),  mayor será su sensibilidad para discriminar llantos “importantes” de llantos de poca relevancia.

Cuando se sienta abrumada, exigida, insegura, insatisfecha o amenazada por experiencias previas, tenderá a embotarse su capacidad de distinguir distintas emociones en los timbres del llanto,  y percibirá a todos como igual de alarmantes con la consiguiente dificultad para manejar la situación.

Uno de los ejemplos mas notorios son los conocidos como “Cólicos del Primer Trimestre”.

Se han hecho infinitos  intentos de descubrir la causa de una situación tan frecuente y a veces enojosa: Episodios de llanto irritado  y enérgico que afectan a los bebés entre las cuatro a doce semanas aproximadamente, que se asocian con expresiones faciales de incomodidad física y agitación de miembros. Esto y la coexistencia de “borborigmos” (ruidos intestinales, normales por otra parte), han sugerido varias abstrusas teorías “neumáticas” (tener “gases”, no expulsarlos, etc.) y una larga serie de “terapias”, algunas de dudoso efecto, otras anodinas, y algunas francamente peligrosas.

Lo cierto es que, al decir de algún sabio colega norteamericano “Colic is not a gut issue” (o sea, el cólico no es un asunto del intestino).  O mejor dicho, puede serlo (como casi cualquier cosa en Medicina), pero no suele serlo.

Juntando piezas, yo he ido elaborando mi (casi) propia teoría al respecto.  Que se basa en algunos puntos conocidos de la biología humana.

  • Nuestro cerebro recibe estímulos sensoriales desde todo el organismo, incluído el exterior y nuestras vísceras.
  • Gran parte de estos estímulos son amortiguados por un sistema de “portales” de protección del cerebro (“gates”), ello impide que seamos desbordados por los infinitos mensajes de nuestro cuerpo  y el exterior, y podamos atender lo relevante.
  • Pero inicialmente nuestro cerebro “necesita” esa marea de estímulos como motor y guía de su desarrollo.
  • Esta fase es particularmente importante durante los primeros tres meses, en que prácticamente nos limitamos a “recibir”. El ejemplo de cuando comenzamos a “actuar” voluntariamente, es el manipular objetos que aparece sobre los tres meses.
  • Hay muchos ejemplos del poco desarrollo de los sistemas de “portales” filtrantes en los primeros meses de la vida. Por lo que los estímulos llegan al cerebro mucho mas indiscriminadamente, y estamos algo así como “hipersensibles”.
  • Como casi todo, la corteza cerebral sensorial-sensitiva madura “a pulsos”, por lo que es entendible que con cada “oleada madurativa” recibamos una “sobrecarga” de estímulos que resulten de tan intensos, casi molestos.
  • Esto resulta mas molesto a niños constitucionalmente mas “excitables”, o en ambientes con tendencia a producir muchos mas estímulos. (familias numerosas, ruidosas, niños únicos entre adultos intensamente “afectuosos”, hermanitos mayores que interactúan continuamente con el bebé, etc.).
  • En esas circunstancias, y con cierta periodicidad (de algunos días), el bebé se muestra, particularmente por la tarde/noche, particularmente irritable, lloroso y casi inconsolable. Estos ciclos se repiten con severidad variable, y hacia los 3 meses, se extinguen por sí solos, a medida que el niño aprende a interactuar con el ambiente.
  • Como ya he dicho, la intensidad real y la referida, y en particular la repercusión de estos episodios, depende en gran medida del ámbito en que suceden los mismos, y el estado de ánimo y las circunstancias que rodean a la situación, y el temperamento de las personas. Por lo que igual intensidad de llanto puede producir repercusiones muy diversas.
  • Todo esto hecha la salvedad de haber descartado de forma objetiva, cualquier causa orgánica de alteración física, cosa relativamente fácil siguiendo un protocolo adecuado de evaluación.

Otro momento relevante, en que el llanto suele tener protagonismo en la vida de los bebés, ocurre, sobre los 7-8 meses. Niños que habían adquirido “buenos hábitos” de sueño, y se mantenían durmiendo autónomamente durante un largo período, de forma mas o menos súbita, comienzan a despertar sin motivo aparente (aunque los padres, rápidamente se las arreglan para encontrar alguno), y una vez que ocurre esto, es difícil que los hábitos vuelvan atrás espontáneamente.

Este “fenómeno” lo describió consistentemente por primera vez el psicoanalista austríaco René Spitz, y lo bautizó como “angustia del 8º mes”.  Aunque su descripción es pionera y refleja un hecho frecuente, casi universal, la interpretación psicoanalítica  del mismo es a mi juicio, innecesaria, arbitraria y muy de acuerdo con las hipótesis sobre el desarrollo del psiquismo humano propio de dicha escuela.

Esto no es insólito en ciencia, también los alquimistas hicieron grandes descubrimientos sobre la naturaleza real de los elementos químicos, en el camino fantásticamente erróneo de encontrar la Piedra Filosofal o el Elixir de la Vida.

Volviendo al asunto, estos despertares coinciden con la adquisición por parte del niño de la aptitud de reconocer rostros de forma específica, y el sobresalto consiguiente de comprobar su ausencia, durante los micro-despertares normales  de cualquier ciclo de sueño.

El aprender una nueva rutina de sueño lleva algunos días, siempre y cuando no se aprenda a cambio, la posibilidad de organizar sistemáticamente una emocionante reunión nocturna, con posta alimentaria incluída.

Cada nueva experiencia de esta clase,  “reforzará” evidentemente el hábito, mientras los padres se preguntan qué le pasa a su bebé, que ahora duerme “mal” cuando antes lo “hacía de un tirón”.

Obviamente el “llanto de llamada” de estos episodios, por una simple razón adaptativa, ajustará su timbre a aquél que resulte mas “eficaz” para reproducir la situación. (el que “no se puede aguantar”).

Si a una madre, le han hecho saber, que el llanto de su hijo es sistemáticamente una expresión de “estrés” y sentimientos de abandono, y que tolerarlo es consentir que el niño adquiera un “trauma”, es probable que le resulte difícil permitir que el niño aprenda a consolarse, y llegue a controlar la situación por sí solo.

Este es uno de los varios mecanismos de aprendizaje del ser humano normal, y consiste básicamente en buscar alternativas a un sentimiento de frustración. Esta búsqueda de alternativas en un ámbito por lo demás afectuoso, previsible y protegido, es una fuente de aprendizaje de recursos cognitivos y emocionales tanto para modificar conductas ejecutivas como para desplazar constructivamente la satisfacción de deseos.

Es obvio que se trata de una cuestión de balance sutil, entre “hacer su voluntad” porque sí, y ofrecer un esquema de vida consistente y ajustado a la convivencia familiar armoniosa. Discernir en este balance, depende en gran medida del equilibrio y la tolerancia de los adultos  a sus propias emociones y expectativas, y no de fórmulas rígidas ni de mantras budistas.

Otra de las fases del desarrollo donde el “llanto” suele tener un gran protagonismo y ser con frecuencia malinterpretado en su significado y expresión, es el período entre los 15 y los 30 meses aproximadamente conocido por los “terrible two”.

Aquí el llanto suele asociarse a un gran despliegue físico que puede incluir  rabietas,  y descontrol físico contra sí mismo, contra los objetos y contra las demás personas.

Como ya he comentado en algún otro lado, aquí suelen observarse tres actitudes por parte del entorno familiar, de acuerdo al “estilo” y a la interpretación que se haga de la situación perturbadora.

  • El niño esta sufriendo, lo que es evidente porque llora, y porque nadie hace algo así si no esta seriamente afectado. Es nuestra responsabilidad “calmarlo” o “relajarlo”, sea hablándole, concediéndole algo que sabemos le gusta o lo distrae, o tratando de saber la “causa” que le produce esta alteración.
  • El niño es “maleducado” o esta “malcriado”, debe controlar sus reacciones so pena de volverse una persona socialmente inadecuada. Debe aprender “modales” ahora, porque sino luego se comportará siempre así.
  • El niño ha encontrado un obstáculo a su voluntad, y esta expresando sus sentimientos o su estado de ánimo de la forma que le “sale”, o bien supone que este modo, tiene mas posibilidades de obtener un resultado mas adecuado a sus deseos.

Esta forma de comportarse es propia de esta edad y esta fase madurativa, no predice como va a hacerlo en el futuro, y lo único importante  es mostrarse neutramente afectuoso, cercano, pero dejándole suficiente espacio y tiempo para que se calme por sí solo, sin ofrecerle nada ni tratar de hacer tratos con él durante el episodio.  Cuando termine, mostrarse receptivo, pero no mencionar lo ocurrido. El niño deducirá nuestra opinión de nuestra actitud.

 

Como imaginarán, la última es, en mi opinión, la mejor posición concebible respecto a estos episodios. No tiene objeto alguno intentar “relajar”, “convencer” , “distraer” o “sancionar” a un niño o niña con un berrinche, pero ello puede darle pistas sobre ventajas eventuales que puede obtener de ellos.

 

Hecha la salvedad que ninguna violencia física debe ser permisible contra el adulto que interactúa con él. Ello debe impedirse físicamente bloqueando su actividad, o bien “expulsándolo transitoriamente” durante períodos limitados.

 

Solo se trata de  hacerle saber que tenemos mas fuerza física que él o ella, y la demostramos, utilizándola lo justo para demostrarlo.

Cada adulto que se vea “agredido”,  tiene que asumir la tarea de actuar para impedir esto, verbal o físicamente (se entiende que se trata de restricción física, nunca de “castigos físicos”, y solamente para impedir que nos agreda).

Si algún adulto encuentra inadecuado hacerlo, puede ser seleccionado en adelante por el niño como objeto de su “ira”.

Al respecto y desde hace tiempo esta descrito el cuadro conocido como “sindrome del padre maltratado”, como aquella situación en que los progenitores o abuelos son agredidos por niños exigentes, convencidos que éste es un mecanismo lícito de conseguir cosas.

Es evidente, que a esta edad, el llanto de los niños es muy expresivo y fácil de distinguir en cuanto a significado, independientemente de la sagacidad de los adultos.

Aquí también influyen las circunstancias externas, la naturaleza de la situación y el temperamento de unos y otros, para nuestra capacidad o deseo de comprender qué es lo que realmente esta expresando el niño.

En los niños, llanto no equivale necesariamente a “tristeza”. De ésta hablaremos algun otro día.

A veces la solución estriba en un simple problema de comunicación. Es muy importante conocer las necesidades de nuestros hijos, …es menos importante satisfacer infaliblemente sus deseos.

En cualquier caso si tiene relevancia saber qué es lo que desean de nosotros, es al menos tan prioritario que tengan una información clara y leal de qué es lo que esperamos de ellos.

Carlos Loeda