Educación y “estilos” de Temperamento

waldorfEDUCACIÓN Y “ESTILOS” DE TEMPERAMENTO

 No soy pedagogo. Pero tampoco lo son los padres, cuando se encuentran en trance de elegir una educación para sus hijos. Sus motivos oscilan entonces entre consideraciones económicas,  tradiciones familiares, especulaciones sobre el futuro, y lo que está en boga en cada época.

La educación pública, suele estar sometida a los vaivenes de las “políticas educativas”, que habitúan tener mucho mas de lo primero que de lo segundo. Y cada sistema educativo privado, tenga la inspiración que tenga,  se oferta como óptimo para todo niño. Y sobre esto conversaremos.

Los niños son vistos como seres encantadores y entrañables por la mayor parte de los adultos. Y el que no los ve así, suele intentar disimularlo con mayor o menor éxito.

Esta connotación agradable, de una época de la vida llena de inocencia  y posibilidades, anima a muchas personas a participar de ella, asociándola a sus propias actividades, como políticos, deportistas o simplemente “celebrities” mundanas, que frecuentemente encuentran formas de “poner un niño en sus vidas”, por aquello de la buena imagen.

Pero, además de esto existe la impresión generalizada que teorizar sobre las  necesidades y conveniencias de la infancia, es un ejercicio  especulativo fácil para cualquiera que tenga un mínimo de información y un máximo de imaginación.

Tal vez, el primer mito que convendría desechar sería el de la “infancia feliz”. Todos recordamos intensamente muchos episodios y vivencias de nuestra infancia, mas que los de cualquier otra etapa de nuestra vida, hayan sido felices o no. La infancia puede ser feliz, pero es mas bien, muy  intensa y  muy emocionante.

publicschoolsDado que los seres humanos requieren para su desarrollo de un largo proceso de aprendizaje bajo la supervisión y la asistencia de los adultos, a medida que evolucionó la cultura, se han ido estableciendo diversos modos y sistemas para guiar y organizar ese aprendizaje.

Generalmente, en la mayor parte de las culturas, y en la primera fase del desarrollo, la “educación” ocurre más o menos espontáneamente en el ámbito de la familia o la familia ampliada, con una gran preponderancia inicial de la madre, padre o figuras equivalentes, hermanos y convivientes inmediatos.

Luego, también generalmente, suele suceder una etapa más “social”, donde el ámbito de entrenamiento/educación, es el grupo de iguales, espontáneo u organizado por los propios adultos más o menos formalmente en instituciones sociales. (colegios, clanes, pandillas, etc.)

Al final existe una tercera etapa de transición al estatus adulto, período de duración y estructura variable de acuerdo a las culturas, y que termina cuando el individuo da señales graduales o acabadas de autonomía (ponerse pantalones largos, tener la menstruación, casarse, cazar un león, etc.).

También de acuerdo a las culturas, entre estas etapas puede haber transiciones graduales o bien ser verdaderos “ritos de pasaje” que requieran la superación de determinadas barreras o pruebas.

Dependiendo de lo que la comunidad deseara para sus miembros, el proceso educativo ha variado a lo largo de la Historia, desde el joven espartano, entregado por su madre al Estado a los seis años, para ser convertido en un guerrero hoplita, bajo su exclusiva  y férrea supervisión, hasta los niños mongoles, cuya casi única obligación y meta es ser capaces de cualquier actividad ecuestre bajo toda circunstancia.

En las sociedades occidentales, desde hace veinte siglos, la educación de las personas autónomas (o sea libres y pudientes) ha estado bajo la fuerte influencia de las ideas filosóficas y religiosas, y sometida a los requerimientos  de los regímenes políticos.

La Ilustración, y su consecuencia, la Revolución Francesa (y norteamericana), extendió la idea, insólita hasta entonces de la igualdad social, o sea que todas las personas nacen iguales,  y por tanto con iguales derechos (y obligaciones). El desarrollo formal de estos conceptos se extendió a partir de las instituciones y legislaciones “napoleónicas”, que propugnaban la idea de educar al individuo para que se convirtiera eficazmente en un “ciudadano” integrado. Este sistema, enfatizaba la estructuración y transmisión vertical de conocimientos y el escalonamiento de jerarquías y grados en el aprendizaje.

Paralelamente, se extendió por Occidente, la influencia de la educación “jesuítica”, que aunque ideológicamente opuesta, era también metodológicamente “ilustrada”

Mas adelante, con la visión individualista y anti-racionalista del Romanticismo, nuevas escuelas pedagógicas propugnaron el reconocimiento del valor de la espontaneidad, la emoción,  la intuición y  la irracionalidad armoniosa y creativa.  Y que consideraba al alumno como participante interactivo en el proceso educativo.

Sumado a la influencia de las doctrinas psicológicas freudianas,  con la experiencia infantil en el origen de la infelicidad adulta, y  su expresión ingenua, como clave reveladora de oscuros “conflictos” subyacentes.

Este paradigma, de hipótesis bellas, elegantes y eruditas, (pero nunca completamente demostradas), casi monopolizó durante un siglo, los conceptos en áreas tan diversas como la Psiquiatría, el Arte, la Literatura, la Sociología, y la propia educación.

Cierto que  gracias a estas influencias, se han realizado grandes avances conceptuales, en comprender las etapas madurativas, y el desarrollo cognitivo de los niños, permitiendo ajustar los métodos educativos a ellos. Y también que el simple devenir de la Historia, ha hecho al niño, sujeto de derechos a los que no se le consideraba acreedor doscientos años atrás.

Obviamente estas adquisiciones son actualmente mínimos irrenunciables, parte ya de nuestra cultura, y deben mucho en su origen y divulgación a determinadas escuelas pedagógicas contemporáneas (Waldorf, Montessori, etc.), promotoras del modelo de educación “modulado” por el propio niño.

Pero dichas escuelas, aparte de promover estos valores indiscutibles, tienen una serie de conceptos metodológicos y doctrinarios, lo que determina una forma específica de concebir y ejercer la educación. Y es este último aspecto el que intento colocar a un lado del “dilema” a la hora de elegir cómo debería ser la educación infantil.

Se trata por una parte, de organizarlo todo de forma estructurada, y ofrecerle al niño solo datos y entrenamiento para ajustarse a dicha estructura.  Integrándolo en niveles homogéneos y justipreciando periódicamente sus aptitudes para determinar  su calidad y  alcance.

O bien se trata de ofrecer material y oportunidades, y contar con la voluntad, el interés, la motivación y la opinión del propio niño. Adaptando incluso los contenidos, el ritmo de aprendizaje, y las propias estructuras educativas a la disposición del niño.

El primero es un modelo propenso a las rigideces, y a “elegir” y “agrupar” a los alumnos de acuerdo a su “nivel” y posibilidades de progreso. Menos flexible y receptivo. Educa la creatividad de los alumnos, pero no se alimenta de ella.  Llamémosle “educación estructurada”. Suele desarrollarse en un ambiente mas controlado y con estímulos limitados por objetivos.

El segundo tiende a abarcar a los niños como personas en desarrollo, y no tomar tanto en cuenta los logros de aprendizaje, sino la integración y la armonización educativa y social.  El alumno es un agente activo de su educación. Llamémosle “educación modulada”. Suele asociarse a un ambiente mas sensorialmente enriquecido y estimulante, con menos énfasis en el control.

Ambos modelos tienen sus debilidades y fortalezas, pero en mi impresión, su defecto fundamental es querer convertirlos en “modelos” universales y genéricos, aplicables a todos y cada uno de los niños.

Se suelen argumentar los éxitos educativos mencionando el aprendizaje “precoz” de ciertas aptitudes, o el bienestar “psicológico” derivado de una u otra forma de convivencia escolar.

Incluso hay obras artísticas que intentan exponer las penosidades, ineficacias o injusticias atribuibles a la educación. Particularmente en la cultura británica de los años 60,  el sistema  “estructurado” sale malparado. En obras musicales como  The Wall, de Pink Floyd, (con aquello de  “We don’t need no education”), películas como “If” de Lyndsay Anderson, o libros como “El señor de las moscas” de William Golding, o la “Naranja Mecánica” de Burgess), se concibe al sistema educativo, como telón de fondo de la crueldad, la arbitrariedad o el oscuro desconcierto de la infancia o la adolescencia.

Mientras que por contrapartida, la imagen de la escuela “libre” es la de una infancia floreciente y expansiva,  desde las alumnas de Isadora Duncan, los niños de la familia Trapp cantando por los Alpes, o los alumnos rebeldes del profesor “bueno” en “El Club de los Poetas Muertos”.

La pregunta es nuevamente, ¿conviene a todos los niños el mismo tipo de escuela? Adelanto, que mi opinión es que no.

Vuelvo aquí a una mención y homenaje que hice en uno de los primeros post de este blog. Hablaba entonces del concepto de “temperamento” constitucional de los niños,  basado en el estudio longitudinal de New York de Chess y Thomas.

Obviamente esto del temperamento no es nuevo, sino tan viejo como el pensamiento humano. Casi cada época ha tenido estudiosos que han tratado de discernir los “tipos” de personas en base a sus rasgos de conducta. Se han atribuído esas características a la preponderancia de determinados “humores” (Hipócrates), la influencia de los astros en nuestro nacimiento (Astrología), o  intentando relacionarlas con rasgos físicos como la frenología de Gall o la mas exitosa tipología de Kretschmer. (Leptosómico, Atlético, Pícnico).

A medida que las ciencias de la conducta se hicieron mas sutiles y especulativas, pareció demasiado rígido y “determinista”, el condenar a una persona a determinadas características, por lo que se consideró que era mucho mas “humano” y moralmente correcto, el suponernos “hojas en blanco” al nacer, que solamente eran determinadas por las experiencias, los sentimientos y la voluntad de cada uno.

Siendo esta idea amable y convincente, prevaleció prolongadamente. Pero los datos de la Neurobiología, la Genética y, en particular las investigaciones sobre gemelos idénticos criados en ámbitos diferentes, han  ido demostrando progresivamente la gran influencia de nuestra naturaleza innata en nuestra forma de ser y nuestras aptitudes.

En lo que atañe a la educación, y hablando de forma MUY general e inespecífica, se conocen algunas cosas:

Por ejemplo, la capacidad para enfocar la atención y “reflexionar” en abstracto de los seres humanos en general,  y de los niños en particular, se distribuye en un continuo desde personas extraordinariamente “enfocadas”, hasta las mas “dispersas”.

Se puede comprobar fácilmente que algunos bebés de un mes ó dos, observan largamente los objetos a su alcance, casi como hipnotizado, con períodos de atención de minutos, sin interesarse mas que brevemente por los rostros a su alrededor.

Mientras que en el otro “extremo”, hay bebés cuya atención cambia rápidamente de objetivos inanimados, pero les atraen mucho mas los rostros expresivos, a los que imita y casi no puede dejar de mirar.

Como “experimento casero”, durante años he intentado aventurar a los padres, “pronósticos”, sobre las características futuras de sus bebés. Y aunque todo esto puede tener mucho de “profecía autocumplida” (o sea que la gente ve luego lo que se le anticipa que verá), el asunto resulta curiosamente verificable, y aparte, se ha estudiado y es muy consistente.

No voy a entrar en detalles técnicos, pero se ha constatado que estas características están en relación con la peculiar predominancia de unas u otras áreas cerebrales, cuyo florecimiento es de naturaleza básicamente “genética”, pero que pueden ser afectados por diversos factores “ambientales”.

O dicho en otros términos, es posible optimizar o desaprovechar nuestro patrimonio genético, pero no mejorarlo.

Las personas cuyas características les hacen menos intensamente “reflexivas”, tienden a funcionar con menos eficacia, cuando deben decidir entre muchos estímulos, o varias decisiones ejecutivas simultáneamente. Mientras que las mas “enfocadas”, tienden a soportar mejor el “ruido” mental y ambiental.

Es bastante fácil de comprender que un niño que se concentra fácilmente, que atiende lo que quiere, y cuanto quiere, y es capaz de seguir largos razonamientos “interiores”, funcionará mejor en un ambiente donde se le permite elegir su actividad, su ritmo de trabajo, y discernir e imponerse metas autónomamente, aunque este rodeado de estímulos.

Pero probablemente lo hará igual de bien, en un sistema estructurado y rígido donde esos parámetros son administrados y controlados externamente.

Tal vez, se vea restringida en algo su espontaneidad o su iniciativa, pero dadas sus características, podrá encontrar terreno para ello por doquier.

Pero en ese ambiente lleno de decisiones a tomar, estímulos interesantes y distracciones, donde las metas exigen la voluntad de auto-limitarse, organizar  o programar, es posible que el niño menos capaz de enfocar su atención “especulativamente”, tenga una desventaja que puede ser importante.

Por el contrario, la educación en un ambiente mas estructurado y normativo, probablemente le proveerá de una especie de “exoesqueleto” de organización y reglas, horarios y secuencias lineales, en las que podrá concentrar sus esfuerzos, y entrenar sus aptitudes ejecutivas gradualmente.

Entonces a mi juicio: ¿Cuál es el mejor sistema educativo? Depende de cómo sea el niño. En uno, puede que los niños mas “concentrados” pierdan alguna oportunidad de optimizar sus posibilidades, en el otro, es probable que los mas “dispersos” se encuentren en una seria desventaja.

Es interesante que Rudolf Steiner, el fundador de las escuelas “Waldorf”, prototipo del modelo “libre”, sostenía que una educación adecuada debía ajustarse al temperamento de los niños, entendiendo por tal a los cuatro clásicos de Hipócrates, (Sanguíneo, Colérico, Melancólico y Flemático).

Dejando aparte cualquier especulación “teosófica” (disciplina entre metafísica y parapsicológica fundada por Steiner, y en boga en su tiempo), y la doctrina hipocrática de los “humores” de valor puramente histórico,  coincido con  la idea subyacente de buscar ámbitos educativos adecuados para cada “estilo” de niño, es adecuada.

 

Carlos Loeda