Antibióticos

Antibióticos

FlemingUno de mis  antiguos profesores, sostenía que era nuestro asunto aprender  Medicina de los libros,  pero que él estaba obligado a impartirnos cultura. Así, nos mostró esta imagen, que teníamos que intentar comprender.  Se trata de la estatua en homenaje al Dr Fleming, descubridor de la Penicilina,  que los toreros hicieron erigir en Madrid, junto a la Plaza de las Ventas.

Mostraban asi su reconocimiento por la extraordinaria mejoría que los antibióticos habían determinado en su supervivencia, cuanto  resultaban heridos.

Sin embargo, pocos medicamentos generan tanta controversia entre el público como los “antibióticos”.  Así, entre comillas, porque en realidad, ni por su origen,  ni por su mecanismo de acción, ni por sus efectos sobre el organismo, ni por sus características químicas, tiene sentido considerarlos como un grupo homogéneo de sustancias.

Cualquier definición que intente abarcarlos debería ser tan amplia como las preguntas de aquel programa de TV, el “Un, Dos, Tres”: “Medicamentos que matan o impiden el crecimiento de algunos microorganismos”.

Hay varios antecedentes históricos del uso de “mohos” para tratar infecciones cutáneas.

En el Siglo XIX se conoció la existencia de las bacterias como seres vivos ubicuos en la Naturaleza, y agentes productores de  enfermedades.

En tal situación, los primeros éxitos en evitar dichas enfermedades provinieron de desarrollar el concepto de “antisepsia” o “desinfección”.

Esto es utilizar procedimientos y sustancias químicas diversas para eliminar o controlar la actividad bacteriana en superficies biológicas o inertes, instrumental o ambientes.

Pero cuando las bacterias se han propagado en el organismo, estableciendo  la enfermedad, esas sustancias resultan demasiado tóxicas e imposibles de administrar,  sin perjudicar  a los pacientes.

La idea fue  entonces conseguir compuestos que administrados, actuaran de forma dirigida y específica contra las bacterias, respetando al huésped.

Este concepto  se conocía poéticamente como “bala mágica”.

Primero se modificaron, haciéndolas mas o menos inocuas, sustancias tóxicas como el Arsénico, para tratar la Sífilis con bastante éxito (Arsfenamina o Salvarsan).

Luego, se imitó el mecanismo de los colorantes histológicos, aprovechando su tendencia a “fijarse” selectivamente sobre ciertas estructuras celulares.

Así se crearon las primeras “Sulfamidas”, inventadas en los años 30, y que todavía conservan utilidad en algunos tratamientos.

Pero, como a inventar nadie le gana a la Naturaleza, la mejor estrategia consistiría  en imitarla.

Vivimos inmersos en un mundo microbiológico.

Hay microorganismos en todas partes, desde los límites de la Estratósfera,(…y mas allá), hasta  en perforaciones profundas en roca basáltica sólida, o en las fumarolas sulfurosas del lecho oceánico.

Y obviamente dentro y fuera de nuestros cuerpos, conviviendo con nosotros y entre ellos.

El balance ecológico de bacterias, hongos y virus, se mantiene por interacciones biológicas diversas (tróficas, reproductivas, genéticas o químicas).

Para esto último, unos microorganismos producen sustancias que afectan a la supervivencia de otros. Se descubrió así, que “algo” asociado a un cultivo de moho, inhibía el crecimiento de un cultivo de bacterias.

Estas sustancias se llamaron “antibióticos” , y con el tiempo se han ido descubierto cientos de sustancias con esos efectos, pero con orígenes y  mecanismos de acción muy diferentes.

A veces el proceso de encontrar nuevos antibióticos conlleva actividades pintorescas.

Como que un biólogo o un químico se traiga de unas vacaciones en un país exótico, alguna muestra mas o menos repugnante para cultivarla y buscar en ella gérmenes locales que hayan “diseñado” (o mejor evolucionado a) una estrategia antibiótica diferente.

Aunque seguramente las bacterias y nosotros tenemos ancestros comunes, hace ya mucho tiempo que nuestros caminos se han separado.

El suficiente tiempo como para que los procesos y  requerimientos metabólicos de cada uno sean peculiares.

Por ejemplo:  La mayoría de las bacterias y hongos poseen una especie de cápsula protectora, llamada “pared bacteriana”, cuya integridad les es crítica para sobrevivir.

Uno de las estrategias de ataque de sus micro-adversarios, es dañar el mecanismo de producción de esta pared, lo que conduce a su destrucción.

Otras estrategias afectan a los sistemas de reproducción de la bacteria, u otros mecanismos metabólicos diferentes a los nuestros.

Cada uno de estos ataques pueden resultar letales para una serie de microorganismos, e inocuo para otros.

Por tanto, existe bastante especificidad en su acción y su eficacia.

Precisamente la propia eficacia de un antibiótico puede condicionar a la “ecología microbiana” de nuestro  organismo:

O bien facilitando que prevalezcan unas  especies sobre otras  (bacterias diferentes, hongos, etc). O bien seleccionando dentro de la población susceptible a aquellos individuos que puedan resistir específicamente ese ataque antibiótico.

Las poblaciones de cualquier ser vivo,  son genéticamente heterogéneas. Incluyen entre ellas a individuos con diversas características potenciales,  que se mantienen latentes hasta que son necesarias para permitir la supervivencia.

Estos supervivientes engendrarán a los descendientes, por lo que  en adelante, toda la población se volverá “resistente” en base a esa característica.

Este proceso de selección,  puede afectar tambien a la población bacteriana de  una comunidad humana, donde los antibióticos se utilicen de forma masiva y generalizada.

Tanto sea por su uso en tratamientos médicos humanos, como en sanidad animal. (cría intensiva de ganado o animales de corral).

Las bacterias y hongos son seres autónomos que pueden reproducirse y sobrevivir en un medio inerte, siempre y cuando se les provea de fuentes de energía específicas.

Los virus en cambio son “parásitos genéticos”, que para reproducirse necesitan utilizar la maquinaria de los seres mas complejos (incluídas las bacterias).

En cierta forma,  por razones parecidas a las nuestras (no compartir con las bacterias ciertos procesos metabólicos) , los virus no suelen ser afectados en absoluto por los antibióticos  habituales.

Nuestro cuerpo fabrica algunos “antivirales” naturales (Interferon). Pero los “antibióticos” específicos contra virus son todos sustancias químicas inventadas ex-profeso, que ni de lejos son tan  eficaces como los destinados a combatir bacterias y hongos.

Ante la sospecha de una enfermedad infecciosa, la utilización de un antibiótico antibacteriano, solo se justifica por

– Elevada probabilidad o certeza del origen bacteriano o fúngico de la infección actual.

– Imposibilidad de descartarlo razonablemente en una situación de riesgo.

– “Profilaxis” (prevención) de tales infecciones frente a una intervención o procedimiento “sucio” o de fácil contaminación.

–  Ensayo terapéutico  ” a ciegas”  en circunstancias clínicas confusas o de riesgo.

La mayor parte de las infecciones comunes de los niños son producidas por virus.

Sin embargo, en las primeras horas de evolución, los síntomas inflamatorios (fiebre, decaimiento, postración, dolores, inapetencia, etc.),  son inespecíficos, y podrían no ser muy diferentes si la infección fuera producida por bacterias.

Este es un dilema que debe resolver quien asume la tarea de supervisar al niño y a la enfermedad.

Contra lo que se suele creer, ésta es una decisión compleja y  a veces solo resuelta por  el paso del tiempo.

Al no compartir con los gérmenes los sistemas metabólicos implicados,  nuestro organismo no debería en principio ser afectado por los efectos terapéuticos de los antibióticos  a dosis normales.

Tambien por ello, el rango de seguridad de los antibióticos suele ser muchísimo mas amplio que cualquier otro tipo de medicamento.

No obstante eso,  e independientemente de su mecanismo de acción específico, los antibióticos no dejan de ser sustancias químicas peculiares y ajenas, que necesitan ser procesadas, neutralizadas y depuradas por nuestro sistema orgánico.

– Al igual que cualquier sustancia “extraña”, pueden condicionar respuestas de “hipersensibilidad” o “alergia”.

Esto es, desencadenar los mecanismos inmunológicos que distinguen lo “propio” de lo “ajeno” en nuestro cuerpo.

En consecuencia se pueden iniciar  reacciones mas o menos severas en diversos “órganos-diana”. Estas reacciones no suelen tener relación con la dosis

– Por excederse en la dosis o fallar su eliminación, el sub-producto de algun  antibiótico, puede perturbar o interferir en ciertos pasos metabólicos. Ello puede  provocar “efectos secundarios” por varios mecanismos.

Pueden ser leves y transitorios o afectar a órganos importantes, por lo que los antibióticos deben ser siempre utilizados teniendo ésto en cuenta, y con arreglo a protocolos de dosificación estrictos.

– Pero estas  “reacciones” o efectos secundarios, son específicos, y no atribuíbles a “los antibióticos” en general como tales,  salvo los ya mencionados  desequilibrios “ecológicos” de las poblaciones bacterianas.

– En particular,  no tiene  fundamento alguno culpar a los antibióticos de la postración, lasitud o “debilidad” durante   la convalescencia de una enfermedad cualquiera. Tampoco producen “desnutrición” ni se “comen los glóbulos rojos”.

Como muchas leyendas, alguna de éstas, tienen en sus orígenes hechos ciertos, pero actualmente poco probables. (Alteraciones medulares asociadas al Cloramfenicol, escasez de Vitamina K), o por el uso algo incontrolado que se ha hecho de algun antibiótico (Manchas gris-verdoso en la dentadura, por el uso de Tetraciclinas en la primera infancia).

Pese a todo, ningun grupo de medicamentos ha revolucionado tanto la Medicina, y las perspectivas de salud del ser humano, como los Antibióticos durante el Siglo XX.

pesteLa Peste Bubónica mató en repetidas oleadas en los siglos XIV y XVII, a mas de la mitad de la población europea (cuatro quintas partes en algunas ciudades como Florencia).

En la actualidad, si es tratada oportunamente con antibióticos, los casos “bubónicos” se curan todos; y  los de  “peste neumónica” (casi todos mortales sin tratamiento), se curan el 50% .

El Cólera produjo severas epidemias de gran mortalidad,  en las áreas densamente pobladas  de todo el mundo, hasta bien entrado del Siglo XX.

Hoy, la combinación de antibióticos e hidratación lo han reducido a un problema de logística sanitaria u organización social, terapéuticamente resuelto.

Toda la Cirugía que conocemos hoy en día, era en la era preantibiótica, un ejercicio desesperado y cruel, con resultados infaustos las mas de las veces, debido a las infecciones postoperatorias.

En resumen, los antibióticos son armas poderosas, eficaces y salvadoras, en las manos y con los criterios adecuados.

 

Carlos Loeda