Alcohol

Los seres humanos, como omnívoros que somos, hemos evolucionado hacia una serie de preferencias alimentarias ventajosas. Mientras el sabor amargo o ácido tiende a ser intuitivamente interpretado en un alimento desconocido, como repelente o peligroso, el sabor dulce es habitualmente bien tolerado desde el nacimiento, porque esta asociado con la energía de los Carbohidratos.

En la Naturaleza, estos se suelen acumular en algunos frutos, dado que ese aspecto atractivo es un recurso ventajoso para introducir semillas en el organismo de los animales, y utilizarlos como agentes de dispersión vegetal.

Cuando la acumulación de azúcares llega a su máximo,  dentro del fruto comienza una degradación enzimática  espontánea o por microorganismos que puede seguir varias vías. Una de éstas es la conversión de los azúcares en alcoholes (fundamentalmente etanol).

Por este motivo, los vertebrados superiores que consumen habitualmente frutas, tienen en su “laboratorio digestivo” los medios para procesar cierta cantidad de alcohol y sacar partido energético del  mismo a medida que es degradado hasta Anhidrido Carbónico y agua.

Esta capacidad de metabolismo alcohólico es variable, y capaz de aumentar hasta cierto punto, ajustándose a un requerimiento creciente.

Cuando el aumento de la ingesta es relativamente súbito,  y el ritmo de degradación no es suficiente para esa cantidad, el alcohol tiende a acumularse y a actuar sobre diversas partes del organismo.

La acción de lejos mas notable (pero no la única), se ejerce sobre el Sistema Nervioso Central.

Ello no es exclusivo del ser humano, como se puede leer en la divertida crónica del naturalista  Gerald Durrell, “La Selva Borracha”.

Resumiendo mucho, se puede decir  que los efectos del Etanol son mas intensos y requieren menos dosis, cuanto mas jerarquizada es la estructura sobre la que interviene, y su aparición es más reciente en la escala evolutiva o su desarrollo mas tardío.

Consecuentemente, la corteza cerebral, el área mas sofisticada de regulación de nuestra conducta, sensibilidad y actividad, es la mas sensible a su acción, y de ésta, las áreas pre-frontales, las que mas.

Estas áreas pre-frontales son un privilegio de nuestra especie e intervienen en la regulación de la ideación y la conducta ejecutiva sirviendo de balance entre los impulsos instintivos, la experiencia, memoria y aprendizaje, la perspectiva de recompensas y el riesgo de consecuencias amenazadoras.

La maduración funcional de estas áreas no se completa en el ser humano hasta bien entrada la adolescencia, y en algunas personas hasta más allá de la segunda década de la vida, coincidiendo con aquélla vieja sentencia de “asentar la cabeza”.

Como ya expliqué en algún post previo, este “decalaje” madurativo ha sido evolutivamente ventajoso para la especie humana, porque retrasa la inhibición ejecutiva “prudente” en personas jóvenes y enérgicas.

Ello es la base para una impulsividad y deseo de “aventura” y “nuevas experiencias”, que probablemente hayan sido el motor animador de las migraciones humanas a lo largo de la Historia, y consecuentemente del progreso y dispersión global de la Humanidad.

Una de las acciones más precoces y sutiles del alcohol, es precisamente el bloqueo de las inhibiciones ejecutivas, la atenuación en la estimación de las perspectivas ominosas o socialmente repelentes, y  la exacerbación en la previsión o percepción de recompensas sensoriales o emocionales.

Esto puede ocurrir a cualquier edad,  pero a medida que se requieren dosis mayores, también aumentan los efectos del alcohol sobre otras áreas del cerebro y otros órganos y sistemas.

La tolerancia y sensibilidad a los distintos efectos del alcohol, dependen de factores metabólicos individuales, de base genética, y también de un fenómeno de “inducción enzimática”, por el que el laboratorio hepático va aumentando gradualmente su capacidad de degradación alcohólica de acuerdo al grado de  exposición experimentada.

Las modificaciones  mencionadas sobre la conducta, el juicio y las emociones (exaltadas o atenuadas, según se trate),  producen una experiencia subjetiva intensa, y resultan socialmente relevantes,  ofreciendo a las personas una herramienta para reproducirlos puntualmente a voluntad. [1]

Si estos cambios son percibidos como  extraordinariamente ventajosos respecto a la experiencia cotidiana del individuo, es posible que éste termine prefiriendo la conducta, el juicio y las emociones modificadas, antes que las de su propia naturaleza personal. (Dependencia psíquica).

La adolescencia es un tiempo de ajuste y adaptación a nuevos roles, intereses, atribuciones, responsabilidades, perspectivas y características físicas.

Cada uno de estos aspectos es susceptible de poner en cuestión o en peligro la validez  o posibilidades que la persona se otorga.

Puede recibir refuerzos de sus grupos de referencia o de su entorno cultural, pero también de allí proviene la amenaza de fracaso y ostracismo. La capacidad y la percepción de  “control” sobre su entorno, depende del temperamento genético, de la edad y de la experiencia.

Si la suma de los factores es negativa, no es raro que una “pócima mágica” que transforma como se percibe uno,  y como lo perciben los demás sea de uso común.

El problema es que la pócima en cuestión  ofrece un atajo artificial a  un proceso de cambio o crecimiento auténtico, a veces doloroso.  Y últimamente tendrían que decidir por sí mismos elegir uno u otro camino.

No vamos a comentar lo que todos sabemos sobre el uso social del alcohol entre los adultos, ni las ventajas fiscales del Estado sobre él,  ni la asociación publicitaria del alcohol con la sofisticación y la alegría. Es una materia opinable, yo no soy abstemio ni lo promuevo.

Voy a tratar de describir qué cosas son particularmente importantes a la hora de juzgar la relación que tienen los jóvenes con el alcohol.

Existen dos problemas principales asociados con el uso del alcohol por los jóvenes.[2]

  • La exposición precoz.
  • La ingesta masiva aguda en adolescentes. (“binge drinking” en inglés).

Lo primero hace alusión al hecho que las primeras experiencias con el alcohol, o incluso su uso habitual, puede ocurrir en algunas sociedades occidentales, antes incluso de la pubertad.[3]

Hay evidencias que es mas probable que  la exposición precoz y sostenida al alcohol produzca consecuencias ulteriores sobre la conducta social, la sensibilidad a las recompensas/tolerancia a las frustraciones, y aspectos afectivo/emocionales.

Este uso esta en relación principalmente con modelos culturales y familiares, tanto de conducta como de tolerancia, y suele tener una  relación positiva con circunstancias socioeconómicas comprometidas.

Por otra parte, en los episodios repetidos de ingesta masiva habitualmente post-puberales, los efectos tardíos parecen afectar principalmente a las habilidades cognitivas e intelectuales superiores.

En la mayoría de los estudios, estas ingestas compulsivas tienen una relación positiva con circunstancias socioeconómicas ventajosas,  y mejores niveles educativos familiares.[4][5][6]

Una de las razones por las que estas ingestas masivas son posibles es que por motivos biológicos, los adolescentes son bastante mas tolerantes que los adultos a los efectos “desagradables” del alcohol (náuseas, compromiso de la conciencia, síntomas neurovegetativos), por lo que “disfrutan” de una  fase mas prolongada de tolerancia desde la aparición de la conducta “desinhibida” .

La pérdida de inhibición ejecutiva superior,  necesaria  para modular socialmente impulsos instintivos, puede condicionar el aumento de conductas de riesgo, en el ámbito de la sexualidad,  la resolución de conflictos interpersonales o el uso de vehículos.

Dado que ésta “desinhibición” termina siendo la motivación fundamental para beber (aparte de la emulación social y el ajuste al grupo), se ha ido generalizando la práctica de la “precarga” (en inglés “frontloading”), que significa básicamente embriagarse de antemano en una reunión previa, los “botellódromos” en aparcamientos y descampados, (tan promovidos por Concejales de Fiestas “enrollados” a lo largo  y ancho de la geografía).

Con la doble ventaja de la preparación  previa y el alcohol barato, por el que somos tan  populares en el Norte de Europa, cuya venta se supone legalmente restringida a menores, con un “éxito” fácil de verificar.

Al respecto, en los “botellódromos”, las botellas pueden estar en el maletero de automóviles, y estos son conducidos por participantes a la fiesta, y seguro que ni el último ni el menos entusiasta.

Cada vez que  un viernes o sábado a la noche hay una tragedia de circulación donde fallecen  personas jóvenes, todos nos llevamos las manos a la cabeza pensando en los jóvenes que conocemos, como si se tratara de un Minotauro al que por sorteo se hubieran llevado de vez en cuando a alguien con mala suerte.

Las autoridades locales se apresuran a honrar a las víctimas, consolar a los padres y reclamar modificaciones viales. Pocas veces se menciona el nivel de alcohol en sangre, o se plantean, estudian o exigen medidas eficaces para modificar ese aspecto de la realidad.

Hay sociedades donde el efecto de las acciones preventivas se justiprecia, y no se supone ingenuamente que la  publicidad gore o alarmante sea suficiente o tan siquiera mínimamente eficaz.

Se sabe incluso que es posible que este tipo de publicidad despierte en algunos jóvenes una suerte de  impulso aventurero extra de desafío al riesgo.

Esto es, asusta más al que ya está asustado, y anima al que no.

En cualquier caso, poco podría esta publicidad negativa frente al glamour, la sofisticación, el humor o las perspectivas erótico-festivas ofrecido por el marketing masivo de  las bebidas alcohólicas.

Se ha comprobado que la medida preventiva aislada más eficaz es la vigilancia y sanción severa alrededor de la edad mínima de venta de alcohol. (que es algo mas que poner un cartelito manuscrito en la caja registradora).  Y que por cada año de elevación de ésta, se produce una puntual disminución del número de jóvenes fallecidos en accidentes de tránsito (y por tanto del número siete u ocho veces mayor de lesionados grave o definitivamente).

A mi juicio, las sanciones debieran incluir al vendedor, al comercio y al adulto que desee congraciarse con un adolescente facilitándole la bebida.

La simple divulgación en ámbitos educativos, con la cantinela moralizante, se ha demostrado completamente ineficaz. De la misma forma parecen no tener ventajas, las acciones emprendidas en los ámbitos hospitalarios con jóvenes que han requerido asistencia sanitaria por un episodio de ebriedad. [7]

En cambio, parecen tener mas efecto las campañas que cuentan con la asistencia y la colaboración de personas del mismo grupo de edad, o las que incluyen a las familias en la iniciativa.

Debe recordarse que el Alcoholismo es la adicción mundialmente mas frecuente, y que actualmente se considera que para su consolidación, se requiere no solo que la persona tenga una exposición precoz, repetida o intensa al alcohol, sino también una determinada y bastante específica predisposición genética.[8]

Esto significa que si 100 jóvenes se exponen al alcohol de forma social e intensa, en un porcentaje variable de ellos, existe una peculiar conformación de su sistema de preferencia nutricional cerebral que les condiciona a elegir, buscar o aumentar el consumo del mismo.

Ello por sí solo o potenciado por una ventaja social o emocional añadida, puede fácilmente conducir  una situación de alcoholismo  crónico ulterior.

De momento, no se trata de hacer estudios genéticos a la gente para venderle un gin tonic,  pero sería prudente que habiendo parientes directos con problemas de  control sobre el consumo de alcohol, se considerara evitar la exposición indebidamente  precoz al alcohol de los niños, y se hicieran esfuerzos educativos especiales dirigidos a estas personas, incluyendo la información de esta posible predisposición.

Hay sociedades que no brillan precisamente por su templanza, sin embargo en alguna de ellas me ha sorprendido (y tal vez sea principalmente por el temor a las sanciones), el énfasis notable que en reuniones de jóvenes se hacía en señalar a alguien para conducir al final, y que por tanto debía abstenerse de tomar alcohol (designated driver).

Algo digno de imitar.

Carlos Loeda

 

[1] Underage Drinking. Alcohol Alert . U.S. Department of Health & Human Services. Number  67, January 2006.

[2] Spear L. P. PhD. Adolescent Alcohol Exposure: Are There Separable Vulnerable Periods Within Adolescence. Physiol Behav. 2015 September 1: 148: 122-30

[3] Murphy E. et al. The association between parental attitudes and alcohol consumption and adolescent alcohol consumption in Southern Ireland: a cross sectional study. BMC Public Health (2016) 16:821

[4] Zarzar P, et al. Association between binge drinking, type of friends and gender: A cross-sectional study among Brazilian adolescents. BMC Public Health. 2012, 12:257

[5] Rafanelli C, et al. Is Binge Drinking in Adolescence Related to specific Impairments in Well-Being? New Insights from a Pilot Survey of High School Students. Psychother Psychosom 2016;85:366-367.

[6] Ka Ho Robin Kwok et al. Parental Socioeconomic Status and Binge Drinking in Adolescents: A Systematic Review. The American Journal on Addictions,  XX: 1-10, 2016

[7] Arnaud N. et al Short to Midterm Effectiveness of a Brief Motivational Intervention to Reduce Alcohol Use and Related Problems for Alcohol Intoxicated Children and Adolescents in Pediatric Emergency Departments: A Randomized Controlled Trial. Pre-publication doi:10.1111/acem.13126

[8] Schumann G. et al. KLB is associated with alcohol drinking, and its gene product β-Klotho is necessary for FGF21 regulation of alcohol preference. www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas. 1611243113