Actividades y Pasividades

ipadActividades y Pasividades

Hace algun tiempo desayunando en un hotel donde me alojaba, vi una escena que me llamó la atención.

Dos matrimonios jóvenes compartían una gran mesa con sus hijos. El mas pequeño era un niño de algo menos de un año, y estaba sentado en una especie de trona delante de la cual, sobre la mesa, habían colocado un iPad.

Su madre mantenía una animada conversación mientras, le acercaba las cucharas de papilla a la boca que el niño abría como un autómata, “hipnotizado” por la pantalla del aparato.

A la mañana siguiente, en el garage del mismo hotel, reconocí a la familia en un automóvil que salía. En el asiento trasero, iba el bebé muy atento a las imágenes de un equipo parecido, adosado al respaldo del asiento delantero.

El asunto me despertó algunas reflexiones, y sobre ello es el comentario.

Al comienzo del desarrollo, el cerebro humano posee el mayor número de células de toda la existencia, acumuladas en una especie de “vivero”.

Estas células, condicionadas por señales químicas, van migrando mientras van lanzando sus proyecciones, que les permiten interconectarse con otras células.

Lo que hace a nuestro cerebro particularmente eficaz y adaptable, es la complejidad de las redes de conexión entre neuronas, no tanto el número de éstas.

La dirección y la organización de estas conexiones estan condicionadas por factores genéticos (lo que esta escrito en los genes), epigenéticos (lo que activa o desactiva a los genes) y “funcionales”.

Por “funcionales” se entienden los estímulos y las actividades superiores, esto es:

– Procesar la información que genera la interacción con el ambiente.

– Modular la propia interacción a través de acciones y lenguaje,

– Analizar y comparar la información con los datos de la memoria, aprendiendo.

– Especular, decidir y actuar en consecuencia.

Cada actividad tiende a privilegiar aquellas conexiones particularmente relacionadas con ella. Y viceversa, aquellas actividades que estan impedidas o perturbadas, generan un consecuente menoscabo en el desarrollo de las conexiones implicadas.

Hay dos ejemplos muy conocidos: Los trabajos de premio Nobel, demostrando que si se impide la visión de un ojo en un conejo recién nacido, de adulto, la zona de la corteza cerebral relacionada con esa función, muestra, un empobrecimiento enorme de las ramificaciones y conexiones neuronales, en comparación con el otro lado.

Y el hecho curioso que los taxistas de Londres en los años 90, que tenían que aprender y conocer a fondo el farragosísimo callejero de la ciudad (sin GPS), tenían  mucho mayor desarrollo del área de la memoria visual espacial, en comparación con una población general similar.

En este proceso de “plasticidad cerebral” asienta nuestra capacidad de aprendizaje y adaptación, que es en el fondo nuestra mayor virtud como especie.

El desarrollo infantil consiste en el diálogo permanente entre la adquisición de nuevas habilidades y aptitudes, asociada al desarrollo cerebral, y su utilización para interactuar con la realidad circundante.

Ello que a su vez promueve el propio desarrollo cerebral, y así sucesivamente. Es un proceso autorrealimentado, y algunas de sus peculiaridades dependen sin duda  de la calidad de esa “realidad circundante”.

Un bebé vive en el centro de una “burbuja social y sensorial”, cuyo diámetro va aumentando con los meses, y de estar sometido al ambiente, mas o menos resignadamente, pasa a intentar manipularlo con recursos directos (tocarlo, chuparlo, moverse por él), y a controlarlo a distancia a través de miradas sonidos, lenguaje y deambulación, mientras ajusta gradualmente su comprensión de lo que le rodea.

Su experimentación repetida es la base del aprendizaje, y éste siempre se ha hecho sobre la realidad “real”, y no sobre algún tipo de realidad “virtual”  (aparte de los sueños).

Es evidente que un dibujo animado, o un juego que requiera el uso de la pantalla táctil de un tablet, suele ser muy  estimulante, porque genera una atención prolongada y tenaz, y anima al niño a continuar, mas allá de su período de atención habitual.

Es probable que ello pueda promover la madurez visual, y la integración manual-visual y auditivo-visual, y algunos esquemas cognitivos.

Pero esta atención desmesurada, aparte de ser parcial y sesgada, tiene efectos negativos:

1- Limita el tiempo disponible para otras cosas.

2- Algo tan poderosamente atractivo, que induce a quedarse quieto mirando, compite con ventaja sobre lo aquello que exige participación activa, como juegos físicos o sociales.

No se me escapa que este “estilo” de entretener a los niños, se ha ido generalizando en la sociedad, y mi impresión al respecto es que se trata de una especie de experimento que estamos haciendo con seres humanos en formación.

Esto es, cambiar el patrón  de estímulos asociados a las  “actividades” (o sea cosas que se “hacen”), por otro basado en  “pasividades”, o sea cosas que se miran o a lo mas se miran-tocan-miran-tocan.

De una u otra forma, este proceso lleva algunos años. Concretamente, a partir del establecimiento de emisiones matinales de televisión, teóricamente destinadas a amas de casa y personas mayores, se encontró una veta de consumidores audiovisuales en los niños.

Los padres descubrieron que muchos de los “conflictos” surgidos alrededor de la hora de levantarse, desayunar o ir al colegio, podían “apaciguarse” por medio del televisor encendido.

Visto esto, fue cuestión de tiempo que se estableciera un nuevo territorio televisivo, con contenidos y publicidad enfocada específicamente a la población infantil de diversas edades.

Esta claro que todos los medios, tanto los informáticos como los audiovisuales, proveen de un recurso educativo enormemente valioso, para ayudar en el desarrollo de aptitudes, y modelos.

Pero la selección de los contenidos útiles o positivos y particularmente la “dosis” adecuada de los mismos, debe ser objeto de observación y control permanente por parte de los padres.

El televisor no debería estar encendido como ruido de fondo, y jamás debería estar en el cuarto del niño ni controlado por él.

Se debería decidir de antemano, qué programa se ve, en común acuerdo con el niño, y apagarlo después.

De ser posible, hay que tratar de organizar otro tipo de actividades inspiradas en lo que se ve en la televisión, pero que no necesiten de la televisión. (lecturas, juegos manuales, dibujos, representaciones o canciones).

Lo mismo vale obviamente para tablets, ordenadores y consolas. Donde el tiempo que se le dedica debe estar medido.

Dejar que un niño “decida” o mida el tiempo de uso, ignora el hecho que hay cientos de ingenieros japoneses, coreanos, indios, etc. elaborando juegos con la meta exclusiva que el niño no  pueda dejar de jugar.

En las revistas especializadas, uno de los rasgos mas ponderados de un juego es su “adictividad”(¡!), así que pretender que el niño se resista por “disciplina” es algo irreal.

Entre los padres, existe a veces la idea que enseñar a un niño “informática”, de una u otra forma, es como abrirle las puertas al futuro. Tengo al menos dos objeciones.

– Mi gurú del tema me dice que al ritmo de los cambios en la electrónica de consumo y de la computación, es muy probable que el uso de la informática y los ordenadores tal como los conocemos hoy, será dentro de poco tiempo un anacronismo curioso e inútil.

– La velocidad con que niños nada asistidos, desarrollan espontáneamente por “ensayo y error” habilidades inverosímiles  de forma autodidacta, (aprendizaje por vox-populi diría yo).

Por último creo que la función mas importante de los padres no es anticiparse al futuro, objetivo errático donde los haya, ni proveer información infinita.

Sino facilitar  aquí-y-ahora los mejores recursos posibles para ajustarse a cada situación, en particular los referidos a los valores, la disciplina y el ajuste emocional, como base para el desarrollo intelectual. Y no dejarlo  en manos de Homer Simpson.

Carlos Loeda

Si lo cree de interés ⇒   Me gusta/Like en Facebook   ⇒  🙂